Nº 14

 

AQUELLOS MOLINOS

  DE SIERRA MÁGINA

            Muchos años ya. Sí, pasaron ya muchos años y aquellos antiquísimos molinos, que posiblemente instalaron los musulmanes (alguno, puede que de época anterior) dejaron de moler el grano y por tanto de funcionar. ¿Quedará alguno como reliquia?. Me lo he preguntado más de una vez y un “pegalajareño” ya viejo y afincado en Jaén, respondiendo a mi pregunta, me dice que sí, que aún queda alguno de aquellos viejos molinos y dice que en aceptable conservación, pese a su abandono. El mismo es de propiedad particular (dice) y allí está, en aquellas pendientes y junto al  “caz” por el que circulaban las purísimas aguas de la sierra. Debe ser conservado y cuidado como un “rústico” museo. Pero, curiosamente, “yo fui a visitar uno de aquellos molinos de Pegalajar”; había varios, según me dijo mi abuela, puesto que aquel maravilloso viaje, lo realicé de la mano de mi entrañable abuela materna, con la que realicé algunos más (¿o fueron muchos?) y en la época en que “fui verdaderamente rico”, puesto que fue en esa época donde el ser humano es niño  y aún así... “despierta muy niño”; sí, era la época en que “mi gran esponja interior”, se empezaba a ir llenando y lo que luego y tras muchos años, me ha permitido escribir sin apenas esfuerzo y es claro que sin apenas agotar los miles de temas, que “aquella esponja” ha ido guardado a lo largo de mi ya no corta vida. Y digo “lo de rico” (y lo reitero) por cuanto es la época en que las necesidades del ser son mínimas y si éstas se cubren, todo lo demás sobra... al menos en lo que al cuerpo se refiere... ¿al Alma?... ¡Ah, el alma!; qué será “eso”.

            Era verano, ya avanzado y las cosechas del cereal estaban ya guardadas en los graneros o a lo sumo, se encontraban en las eras de los pueblos, en “parvas” a punto de ser aventadas, o en los ruedos donde aquellos trillos tirados por bestias, chirriaban y desmenuzaban las mieses hasta convertirlas en paja, que luego sería avaramente guardada para el ganado.

            Es claro que en aquellas épocas (“mil novecientos cuarenta y pocos”) sólo unas minorías tenían tierras, bestias, ganado y por tanto poseían aquellas mieses de las que hablo. Otros muchos (muchísimos) a lo sumo la mies que podía recoger, era la del “espigo” y la que iban a espigar (si los dejaban) tras haber sido retiradas hasta la última gavilla, de aquellos ardientes campos, donde trabajaron aquellos cuasi siervos, que hubieron de subsistir y sobrevivir en las durísimas condiciones en que lo hicieron. Hoy aún quedan bastantes viejos y viejas de los que me refiero, puesto que luego la situación mejoró lo nunca esperado y a partir de unos “tres lustros después”, empezamos todos o casi todos a ser ricos de verdad y a disfrutar de unas abundancias nunca soñadas. Son las dos controvertidas épocas de Franco, en las cuales se puede contar y no acabar, pero la realidad fue como fue y no como los demagogos y “otros bichos” (que aún quedan) las cuentan; pues se pasó de una de las épocas más miserables y tristes de la Historia de España, a la de mayor abundancia que haya sido datada y la que aún continúa pese a que nos quejemos; pero “las bases de todo ello... quedan atrás, en aquellos campos, aquellas eras y la brutal emigración padecida y de la que nuestra provincia de Jaén, fue puntera, pues hay otra provincia fuera de Jaén: tenemos hoy los mismos habitantes que en 1915/18”. Todo cuanto digo o recuerdo, lo hago con la simple y llana intención de que sirva de soporte y base para no repetir aventuras raras y que no nos líen de nuevo, los sin escrúpulos, los demagogos y los que en definitiva, van a vivir de lo que otros producen, ya que la mayoría de ellos (dejemos las excepciones) apenas si producen para “el pan suyo de cada día”.

            Pero yo iba a hablar hoy de viejos molinos, molienda y un viaje: prosigo con ello.

 

            Al amanecer de aquel inolvidable día veraniego, salían del pueblo (Mancha Real) aquella aparentemente ya vieja mujer (apenas rondaría los cincuenta años, pero su piel ya estaba demasiado arrugada y curtida por los cuarenta y tantos veranos e inviernos vividos como antes vivían aquellas buenas gentes) y de la mano llevaba a un niño de cuatro o cinco años (no recuerdo, puesto que a esa edad casi todo es confuso, salvo “cosas” que se graban en el alma) por cuanto al vivir solos, donde iba la abuela, forzosamente tenía que ir el nieto, el que dicho de paso y aquel día “de aventuras” iba feliz y contento, pues iban “a moler trigo” a Pegalajar.

            Es claro que el trigo portado, lo portaba aquella mujer a sus espaldas y fácilmente se puede deducir de “la finca” donde procedía y la cantidad que sería llevada a la molienda, lo que dicho sea de paso no importa apenas nada. Pero el viaje tenía “sus miedos”, puesto que todo estaba intervenido y no era legal, portar grano sin la oportuna guía gubernativa y que acreditara que aquello no era procedente de un robo... “cosas que pasaban entonces”.

            Cuesta arriba desde una población a otra y andando, debió ser penoso para aquella mujer, no para el niño, el que inagotable e incansable, pudo ver aquellos maravillosos paisajes, lo bravía de aquella parte de la sierra y por primera vez en su vida, “las viñas donde se cría uva para elaborar vino”. Llegados al molino (no recuerdo si hubo que pasar por el pueblo) había que hacer cola, otros portadores llevaban similares cargas y por ello aquella molienda y el viaje, ocuparon gran parte de todo aquel largo y maravilloso día vivido por un niño.

            Acabada la molienda y cobrado en especie, la parte del molinero, vuelta a desandar el camino, con ya menor peso y contenta aquella mujer, pues portaba “pan” para unas semanas. Por ello ambos (abuela y nieto) venían contentos. El nieto pretendía que la abuela le cogiese uvas. “No, están verdes y además no se pueden coger, no son nuestras”.

            A la vuelta de una curva de aquella terriza carretera, aparecen “la pareja de la Guardia Civil”; sorpresa, miedo, ¿Qué ocurriría?: entonces ver a aquellos hombres uniformados y con “el barbuquejo” puesto, era como para contener hasta la respiración.

            El niño nada sabía de aquello y simplemente señaló y dijo: “madre, los civiles” (a la abuela se la denominaba madre y a la madre mama – no mamá). La abuela endureció el rostro y siguió caminado, posiblemente iba rezando pues era muy creyente y se encomendaba a Dios.

Pero aquellos hombres (que debían serlo) al pasar junto a ellos, simplemente miraron a “la otra pareja” y no recuerdo si dijeron buenas tardes, adiós o “condios”; pero si que recuerdo el saludo de la abuela... “Dios guarde a ostés”. Si hubiese sido formada en una escuela aquello significaba lo siguiente... “Dios guarde a ustedes”; ¿pero...?.

            Sí, aquellos hombres (que tampoco vivían en la abundancia: entonces casi toda España pasaba necesidades) siguieron imponiendo la autoridad de su presencia, pero nada dijeron, nada preguntaron y quizá comprendieron el trabajo y el esfuerzo, que aquel pequeño “costal” de harina, había costado a quien lo portaba y que era justo el que tal alimento prosiguiera hacia el destino donde era conducido.

            Bajamos por aquel camino cuando ya el Sol se había ocultado por “el Poniente” y aquellos seres llegaron felizmente a su casa (la tenían afortunadamente) cuando ya empezaban las estrellas y “luceros” a adornar el firmamento, donde quizá “Alguien”, se compadeció de las hormigas que como cada noche.... “buscaban refugio es sus viejos hormigueros”.                        

 

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