Nº 18

 

AQUEL GRAN JUGUETE

(Mi primer juguete: aquel camión)

            Transcurrían los primeros años de aquella segunda y trágica década, de calamidades de todo tipo y donde la sangre fratricida, fue derramada a todo lo largo y ancho de ésta violenta tierra conocida como Península Ibérica[1]. Lo que trataré de narrar son recuerdos de un niño, no mayor de cuatro años y cuyo ‘mundo’, aún flotaba en la inocencia de quien aún no ha aprendido ni a ver, siquiera, una mínima parte de la realidad que le rodea y el porvenir que le espera. Suple ello, la grandiosa imaginación de los ‘niños en flor’, los que si bien no conocen el mundo que pisan, pero por el contrario, tienen acceso a mil mundos en los que no pueden entrar los ya adultos.

            Transcurría pues, el año 1942 (pudiera ser el ‘43’) y en un día soleado de la meridional España, llegaba a aquella humilde casa de pueblo, ¡una enviada! (había entonces muchas mujeres en aquellos pueblos, pues los hombres y en mayoría, estaban en los cementerios, las cárceles o campos de concentración y trabajos forzados, huidos al extranjero, o escondidos en los lugares más inaccesibles de las sierras españolas; algunos incluso escondidos en subterráneos o piezas ocultas de las casas: había miedo a hacerse ver, por cuanto entonces y por ‘un quítame allá’, te podían hasta... fusilar).

            Aquella enviada, traía consigo un extraño bulto, envuelto el mismo en mísero trapo o arpillera y al llegar a aquella casa, preguntó si allí vivía una determinada mujer viuda. Confirmado ello pidió hablar con ella y dicha joven (viuda a la edad de 19 años, aunque ahora contase 23/24) acudió un mucho extrañada, por aquel requerimiento, puesto que entonces ‘apenas se movía nada en aquellos pueblos’ y salvo los pregones del pregonero[2]; identificada a satisfacción de aquella ‘recadera’, entregó el bulto que portaba y un sobre con una carta, al propio tiempo que decía, “Esto te lo manda un preso de la cárcel provincial”.

            Hablaron algo más aquellas mujeres, ante la silenciosa presencia de la madre de la viuda (en cuya casa vivía ésta) y fueron derramadas lágrimas, ‘por lo que fuere’ y quizá para evitar, más derramamientos ‘acuosos’, se despidieron de inmediato y cada cual se marchó a hacer sus quehaceres; la recadera a seguir repartiendo recados[3] y aquellas otras mujeres (madre e hija) entrando en la cocina de aquella casa, para ver que era aquel bulto’ y que decía la carta que se adivinaba dentro de aquel sobre.

            Abierto aquel irregular paquete (que venía cosido) apareció algo insólito... ¡¡Un camión de juguete!!; un sorprendente camión, todo él de madera, de un tamaño que en el recuerdo me dice una aproximación a los 75/80 cm. De largo, por 20/25 de ancho; todo él en brillante color rojo, azul y negro; combinando estos colores al aplicarlos a las diferentes partes  de aquel deslumbrante juguete, pieza única por cuanto era de artesanía y bastante fuerte y consistente como para aguantar ‘los embates’ del personaje para quien fue construido, aquel vehículo, que constaba de cabina, con conductor y rueda de volante, motor simulado, ruedas delanteras (sencillas), traseras (dobles) “parachoques’, faros y en fín, una simulación de todo cuanto contenía un camión moderno y de aquellas épocas. Es claro que todo ello realizado con cierta tosquedad y como corresponde, a un taller penitenciario y en donde los medios serían limitadísimos, puesto que dudo que existiese aquel taller (como pueda haberlo en las cárceles de hoy) y aquel juguete debió realizarse en los barracones penitenciarios y vete tu a saber cómo y en que período de tiempo, por cuanto la masificación de presos y la falta de medios, me dicen, que aquella obra, tuvo que ser una especie de ‘milagro’ debido a ‘algo que nunca he llegado a saber’, como tampoco llegué a saber nada de la persona que lo hizo; lo que encierra el hecho en un misterio más, sin embargo un maravilloso misterio, puesto que, visto ello por aquellas mujeres, quedaron perplejas y la joven, leyó la carta en voz alta, puesto que la madre era totalmente analfabeta, como la inmensa mayoría de hombres y mujeres de las capas bajas (económicamente hablando) de aquel pueblo, que eran, como, la casi totalidad de habitantes de todos los pueblos  de España.

            Decía así la carta y más o menos, puesto que yo nunca la pude leer y el texto lo recuerdo por resumen de mi madre; la que, dicho sea de paso... ‘nunca quería hablarme de cosas de aquel ‘sino nuestro’, posiblemente por cuanto los recuerdos le eran atroces’:

            “Señora María: Fui muy amigo de su marido (q.e.p.d.) y al que debo un gran agradecimiento por cuanto, en vida, hizo por mi. He sabido de usted y de su único hijo y en recuerdo y gratitud del fallecido[4] he construido con mis manos, ese camión que le ruego acepte y que sirva para los juegos de su hijo. Usted no me conoce, ni espero lleguemos a conocernos, pero sirva mi carta para recordar a su marido y mi agradecimiento al mismo, cosa que otros como yo, podríamos confirmar: le saluda muy cordialmente”.

            Aquella carta, debió producir ‘un mar de lágrimas’ a aquellas mujeres, las que en solitario recibieron el regalo, puesto que el destinatario del mismo, junto a docenas de otros chicos, jugaban en las eras de aquel pueblo o en lugares cercanos al mismo y como se jugaba entonces, libremente y sin miedos de nada... ‘el Sol o las nubes como techo y la tierra como suelo y todo el ancho campo, como territorio, donde correr y realizar las mil hazañas de unos niños que poco más tenían en aquellos entonces’.

Y a aquellos ‘campos de operaciones’ fue a rodar aquel camión, el que costó peleas sin fin, pues es claro que todos querían jugar con aquella preciosa obra de arte y si bien, la madre y la abuela, restringieron aquellos juegos... ‘aquel camión, terminó no mucho tiempo después, hecho polvo, pues fue incapaz de aguantar los embates, de aquella chiquillería, loca de contenta por jugar con (o al menos poder mirar) aquella maravilla, que nunca fue vista, en los añorados escaparates de, “Paco Buertas”[5].

            He recordado, la historia de ese juguete, el mejor que nunca yo haya tenido en mis manos. Y lo he recordado, en la última festividad de “Reyes”, donde se habrá comprando tanto y tanto sin sentido alguno, que yo desde luego, no cambio aquel juguete por ninguno de los que se hayan inventado después, ni tampoco (menos aún) aquellos campos de juegos en libertad, donde los niños nos fortalecíamos en nuestras travesuras (‘nunca llegaba la sangre al río’) y éramos felices en grupo con... ‘casi nada’.

            No creo que los niños de ahora entiendan cuanto digo, creo que ni sus propios padres (sus abuelos espero que si); pero la verdad, cuando veo algún monstruoso tipo de juguete, en manos de un niño de la actualidad o lo imagino, ‘drogándose’ en su propio dormitorio, con esos horribles juegos electrónicos, inventados en países, donde ya el suicidio es la peor enfermedad que padecen, siento pena, siento incluso miedo... ‘veo los cielos actuales muy nublos’ y en cierta manera me recuerdo aquellos tristes, pero limpios cielos  de los seres de aquella época, con los que compartí mis primeros años de juegos.

            Quede bien claro que no siento nostalgia de nada, la vida sigue su curso y “no suele volver atrás”; recuerdo, igualmente, todas las atrocidades y penurias de gran envergadura que padecieron la inmersa mayoría de españoles de entonces (yo incluido) y las que Dios quiera que no vuelvan nunca más... pero conviene meditar aquel que quiera y pueda... Lo dije hace mucho tiempo... “Nos están llevando muy deprisa, hacia ninguna parte” y “nos han fabricado una sociedad artificial y que se puede venir abajo, estrepitosamente, por cuanto no tiene bases sólidas”.

Jaén: 7 de Enero de 2001

N O T A S:


[1]  Portugal soportaba otro régimen de terror (pero esa es otra historia).

[2]  Yo recuerdo aún a aquel pregonero (“El Lolo”) el que con uniforme de ‘municipal’, llegaba a los lugares ya determinados donde pregonaba (altozanos, cuatro esquinas y plazuelas) y sacando de su bolsillo, aquella pequeña ‘corneta’ ó ‘cuerna’, de estridente y potente sonido, llamaba a las gentes y reunidas aquellas a su alrededor; sacaba de su bolsillo un papel y leía, el ‘bando oficial’, el que siempre iniciaba así... ¡¡ De orden del Señor Alcalde... se hace saber !! etc.

[3] En aquel pueblo existió durante muchos años (venía de siglos atrás) el personaje femenino o masculino, conocido como ‘la corsaria ó el corsario’; nombres que en realidad no guardan relación, con lo que en realidad hacían o realizaban aquellos, seres, que en realidad eran recaderos o mandaderos, que realizaban diferentes trabajos o encargos, entre aquellas gentes y la capital del la provincia, donde les compraban o arreglaban ‘cosas’, de ahí que su denominación, debiera ser ‘cosario o cosaria’ (de cosa), pero inexplicablemente se denominaba como queda dicho: corsario/corsaria; denominación que luego pude comprobar más adelante en los diferentes lugares y pueblos, de la provincia, desde donde iban... ‘sus corsarios’, en el coche de línea (antes diligencias) a realizar lo ya indicado, a los habitantes del lugar; los que les pagaban módicos emolumentos por estos servicios, que les evitaban un viaje a la ciudad, mucho más costoso que ellos. Innecesario decir que. Navegantes en corso y que bien aclara          (sigue>>>>       el diccionario, no tienen nada que ver con estos peculiares personajes ya descritos, que se mantuvieron en activo hasta los años 60 del siglo XX.

[4]  Seguro que en vez de fallecido, aquel hombre hubiese querido escribir, ‘injustamente fusilado’, pero es claro que en aquel régimen carcelario, donde la correspondencia era leída antes de dejar que entrase o saliese ninguna misiva, no lo hubiesen aceptado, por ello hay que valorar ese escrito y tratar con la imaginación, de aproximarse a las verdaderas motivaciones del mismo.

[5]  ‘Paco Buertas’, era el nombre acoplado por aquellas masas de analfabetos, a la ‘grandiosa’ tienda de Francisco Huertas; tienda maravillosa para aquellos niños, que simplemente iban en Navidad y Reyes, a ver aquellos escaparates que contenían tantos juguetes, que sólo con verlos se disfrutaba, pues aquellos niños en mayoría, sólo tendrían lo de siempre y algunos ni eso, a saber... la muñeca o el caballito de cartón y la cestita (del tamaño de una naranja) hecha con cartón en la propia casa y rellenada con caramelos de bajo precio y bolitas de anís ó ‘anisicos’ de parecida calidad, ó incluso con ‘flores de maíz” (rosetas) hechas con azúcar en el propio hogar.

 

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