Nº 23

 

 

 

UN DÍA DE VERANO JUNTO AL RÍO

I

 

AMANECERES

 

            En el largo verano de este año y siendo ya viejo (cumplo 64 años), apaciblemente, se repite el ciclo veraniego en ese entrañable lugar cercano a Jaén, cual es el denominado Puente Tablas[i] y que es, una “orilla” del grandioso Valle del Guadalquivir y dónde y como en otros lugares, empiezan las ondulaciones de ubérrimas tierras, que avanzan hasta aquel lejano lugar donde el Guadalquivir se entrega a su padre el mar... en Sanlúcar de Barrameda.

            Cómo hace tiempo que “soy dueño de mi tiempo”, tengo tiempo para todo cuanto me apetece... y si bien en este tiempo de verano, “practico el apacible deporte de la siesta con un centenar de ellas”... y  disfruto de muchas lecturas y observaciones mil, en el pequeño universo que me rodea y que pese a ello es inmenso. En algunas de las cosas en que mi alma disfruta al máximo, son en los largos atardeceres cuando el Sol “se va” y en los más cortos amaneceres, cuándo el Sol... “viene”. Algunas veces he visto al “lucero del alba” (Venus) el que luminoso y hermoso por si mismo... viene anunciando le llegada de “su padre, el Sol”.

            En el amanecer del día en que escribo, me he despertado apaciblemente y es de noche, miro el reloj y marca las cinco de la mañana... como tantas otras veces y por no necesitar dormir más, pues me encuentro perfectamente descansado... tomo uno de los varios libros que siempre tengo abiertos y cercanos a mi mano y empiezo a leer; curiosamente estoy leyendo por segunda o tercera vez un muy interesante libro, escrito por un nativo de Alcaudete y del que ya no se encuentran ejemplares (recomiendo al ayuntamiento de Alcaudete reedite ese libro, que es de lectura universal por sus grandes contenidos), puesto que el libro citado es “Yamba” (Elefante) y su autor, el médico y “aventurero”  Manuel Mata Funes, el que relata mucho y valioso de lo vivido en Europa y África... como médico en las selvas de Angola.

            Cansado de leer acostado, me levanto a las seis treinta y a las siete ya me encuentro aseado totalmente y sentado cómodamente en el porche de mi chalé y en cómodo sillón de mimbre, de viejo estilo. Estoy situado de forma que mi vista aprecia las claridades diurnas en las que ya se ve algo del inicial resplandor solar de la alborada... lo primero que oigo es el canto, de diferentes gallos y que viene de diferentes direcciones, pues afortunadamente aún hay huertanos, cortijos y granjas en los alrededores; casi al mismo tiempo oigo el canto de las “nuevas tórtolas”[ii] y que con su, “glucú, glucú, glucuuú”... mandan un sonido que no deja de ser un algo profundo y sedante y que se oye con placer. Después empiezan los diferentes cantos o trinos de pájaros, donde destacan el de la gran cantidad de, “ese simpático parásito del hombre, puesto que de él vive”, cual es el gorrión; y finaliza con la llegada de las primeras golondrinas y su peculiar piar, cuando en esos graciosos vuelos y planeos, van cazando su desayuno de insectos; luego y ya entrada la mañana, seguirán los trinos de los petirrojos, que junto a otros muchos, vendrán a beber en la fuente “de taza” y en la que siempre, les dejo un hilillo de agua, para que en el primer piso de la misma... beban agua limpia y fresca.

            Tras ese concierto, me he levantado satisfecho, feliz y bien alimentada mi alma y he ido a la parada del autobús... despreciando a mi automóvil que ha quedado “descansando”.

 

II

ATARDECERES

 

            Días atrás escribí sobre amaneceres; continuo el ciclo y sus tres etapas; puesto que el día se compone de mañana, tarde y noche y por ello relataré... “los universos del día”.

            Va cayendo la tarde, ya “el carro de Helios” (el Sol) ha iniciado su lento caer en la línea del horizonte; recorro mi minúsculo huerto, recojo algún fruto del mismo (alguna berenjena, cebolla, tomate, pimiento... quizá y si hay suerte, un calabacín; he mirado al acerolo (ese durísimo frutal al que casi nada ataca) y como cada año, su abundante cosecha de acerolas ya empieza a “pintar”. He regado lo que lo necesita y terminaré regando los lugares ajardinados y donde diferentes flores y plantas, me lo agradecen y “saludan” con sus más vistosos adornos que lucen cuando el fresco les llega. Termino cansado y muchas veces sudoroso... la piscina me espera en ese último baño que realizo cuando ya el sol horizontal, viste de tonos dorados los troncos de los árboles de mi jardín y algunas de sus ramas... es algo precioso de ver y yo lo hago antes de bajar al agua y cuasi como un rito, cuya armonía musical, la componen los chorros de agua (mi piscina es eso mismo, pero convertida en fuente y mientras la depuradora hace su trabajo, con igual consumo de energía lanza diferentes chorros de agua)... alguna tórtola posada cerca de mi, canta... otros pájaros vienen a beber en la pequeña fuente. Ese baño es enormemente sano y placentero, puesto que es eso, un baño tranquilo, reposado y donde suelo nadar sin apenas mover el agua... posteriormente la ducha agradable y que alimenta un depósito en el que el agua, “se solea” todo el día; y el consiguiente enjabonado y finalizando con el frotado del cuerpo con la felpa de la toalla,  lo que estimula la piel y riego sanguíneo.

            Al terminar todo ello, el relax que sientes es algo que cualquiera conoce si obra igual o de parecida forma; pero antes de “desenvolverme” de la toalla, miro por mi ventana y veo ya los últimos rayos del sol (éste suele haberse “ido” ya) y disfruto ese inenarrable espacio de tiempo, corto pero eterno al mismo tiempo y que muestra, esas tonalidades que van del rojo solar al gris oscuro de las nubes de la puesta solar, pasando por los tipos de azules, verdosos, rosados, naranjas, blancos tenues, grisáceos y en fin... “la gran armonía de los colores del ocaso”... cuando la luz se va apagando y pareciera como si El Creador, dijera a todos... “no preocuparos siempre estoy con vosotros... y mañana os vuelvo a mandar al Sol”. Yo, siento en esos momentos, cómo se me ensancha el alma, cómo todo mi ser se tranquiliza y llega a ese precioso momento en que ya no necesita nada de nada... luego me visto y preparo para la cena, sin olvidar el ponerme algo de protector repelente de insectos... puesto que a los mosquitos les agrada mi sangre y soy el preferido por ellos, entre los de mi casa... cenamos al aire libre, generalmente de forma frugal y sana, algunas veces terminada con un vaso de ese ponche jaenero tan rico, agradable, refrescante y poco alcohólico[iii]. Tras ello enciendo mi habitual cigarro puro, mientras oigo  la cercana radio en emisoras que afortunadamente sólo transmiten música, lo hago bajito pues me agrada oír el murmullo del agua de la fuente y no perderme el “canto” de alguna ave nocturna o migratoria que suele pasar en vuelo nocturno... miro las estrellas, pienso, medito... hasta que viene el sueño y marcho a la cama... “a reunirme con unos cuantos amigos que allí tengo y los que nunca tienen prisa por nada”.

 

III

 

NOCHES JUNTO AL RÍO JAÉN

 

            En mi trabajo anterior y al final decía que “unos cuantos amigos me esperaban en la cama”... es verdad y es claro que esos amigos son los libros; pues donde yo me encuentre y esto desde hace muchos años, siempre llevo conmigo los que yo denomino, “libros de rueda”; o sea, son esos libros que empiezas y terminas, vuelves a empezar y terminar y nunca los acabas; es más, los abres por cualquier página y empiezas a leer y es como si iniciaras un nuevo libro... “tal es su contenido”. Los amigos a que me refería ese día eran a Epicteto, Séneca y Marco Aurelio[iv] (estoicos) y a otro menos conocido en esta parte del mundo, pero profundo como ellos;  Huanchu Daoren, el que sintetiza y concentra la sabiduría de China, en su libro, “Retorno a los Orígenes”[v]. Es un deleite leerlos, gracias a personas inteligentes, que han concentrado en libros no muy gruesos, lo principal de sus máximas y pensamientos, pues no olvidemos que el primero (Epicteto) era esclavo de un secretario de Nerón. El segundo abogado en Roma, donde atesoró gran fortuna, siendo igualmente senador con Calígula y luego preceptor de Nerón, el que por causas políticas le ordena que se dé muerte. El tercero fue emperador romano y posiblemente el mejor gobernante de que se tengan noticias y a lo largo de toda nuestra era, que va ya por el tercer milenio. El cuarto es un alto funcionario de los emperadores chinos, que retirado a los sesenta años, escribe ese pequeño pero “enorme” libro, escrito en el s. XVIII... por tanto estos grandes amigos míos, están muertos, pero su sabiduría no... “parte de ella siempre está conmigo y junto a mi cama”; por ello y tras esos atardeceres y tras expeler las últimas volutas del cigarro puro, ver las estrellas y reposar apaciblemente, al ir a la cama, suelo... “entablar relaciones con estos viejos amigos y que un día encontrara al paso de mi ya no corta vida” y la verdad, tras sus lecturas, que muchas veces me obligan a releer e incluso a tomar notas, o las escribo en los propios márgenes del libro... el sueño reclama su parte y suelo ir en su busca apaciblemente.

            Algunas noches y antes de acostarme, antes de cerrar la ventana, miro a ver que veo, que oigo... he llegado a ver pasar volando a una lechuza (que casi todas las noches oigo) que debe anidar cerca y la que al pasar, suele lanzar su peculiar grito. Más cerca o más lejos, casi siempre ladran perros, pero generalmente en ese ladrar tranquilo y que no altera el sentir del oído humano, algunas veces oigo el murmullo de algunos vecinos... pocas veces, el importuno ruido de alguna de esas “fiestecitas” ruidosas, así como el molestísimo acelerón que algún hombrecillo, da a su ruidosa motocicleta... son ambas cosas (para mi) la falta de personalidad y el creerse (ilusos) que mientras más ruido arman, más grandes e importantes son.

            Como duermo siesta en verano (estos relatos los realizo en agosto) suelo despertarme en la madrugada. Ello no me preocupa y altera y muchas veces, ni enciendo la luz para no molestar a mi esposa o resto de familia... entonces me limito a pensar, meditar, puede que incluso haga alguna oración. Luego escucho y algunas veces oigo el moverse las hojas de los árboles si el viento se mueve un poco fuerte, pues las tengo cerca de mi ventana... otras el ruido de vete a saber que animal o criatura nocturna hace, otra vez el lejano ladrido de algún perro, o el maullido de los gatos en celo y así, espero el amanecer que llega, con el pequeño escándalo que realizan unos ruidosos vecinos que duermen en la yedra al otro lado de mi almohada y que no son otros que un grupo de gorriones. Suelo levantarme tranquilo y siempre con ánimo.

            Y así de tan confortable forma y manera, continuo con mis trabajos cotidianos.

En Jaén: Agosto 2002

N O T A S:


[i]  Lo de tablas, le vendrá de vete tú a saber cuando, pues el que allí existía y hoy renovado por otro más moderno; es de hace varios siglos, fue construido de mampostería y con de grandes bloques de piedra; y bastante artístico y sólido. Lo de sólido es, por las innumerables riadas que habrá soportado a lo largo de esos siglos, puesto que cuando el “río Jaén” baja bravo, hay que echarse a temblar, al menos los que viven cerca de su cauce; sin embargo ese viejo puente ya “jubilado”, aguanta sin una grieta y allí está como un viejo monumento, no muy bien cuidado que digamos, puesto que el lugar se presta para que fuera rodeado de artísticos jardines... pero. ¡0h el ayuntamiento de Jaén!... “entrega cantidades enormes para la fiesta de los toros o para esa enfermedad denominada “fútbol” y no hay nada para el puente”. Gran parte del presupuesto lo malgasta en “chuminadas”.

[ii] Digo nuevas, pues han aparecido hace pocos años y según me han dicho, son “tórtolas turcas”, puesto que vienen de Turquía... las otras africanas y que desde niño conozco; han desaparecido, quizá por la implacable caza que de ellas han hecho, en los denominados “pasos” en sus anuales inmigraciones de África a España o viceversa... en fin, la sabia naturaleza suple al bárbaro hombre y así, cuando un nicho ecológico queda libre, rápidamente es ocupado por nuevas o parecidas (como en este caso) formas de vida.

[iii] Sabido es que el ponche jaenero se compone de una parte de vino blanco de Valdepeñas, una parte mayor de hielo o agua fresca, un poco de azúcar, una ramita de canela y el clásico melocotón con un grado avanzado de madurez para que tenga y dé sabor al ponche; resultará una bebida de unos cuatro grados alcohólicos y si tomas un vaso de cien c.c. y sorbito a sorbito, mientras paladeas “el sólido y el líquido”, es agradable por demás y no perjudicial en absoluto. Ese ponche se hace por la mañana, se mete en la nevera y se sirve cuando se ha derretido el hielo, después de la cena y a ser posible... “mirando las estrellas en el patio, porche o terraza”.

[iv]  Al libro que me refiero es al titulado, “LOS ESTOICOS”, editorial Nueva Acrópolis – Madrid.

[v] Editorial: EDAF (Colección Arca de Sabiduría) Nº 5.

 

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