Nº 26

 

 

 

 

LAS TRES CUERDAS DE UNA GUITARRA

(Relato)

            Fue el ocho de junio. Antes de que el sol asomase dando los buenos días, me encaminé a tomar el autocar que me llevaría a Sevilla (corría el año 1989). Las calles desiertas de mi ciudad, el silencio del amanecer, una perdiz cantaba al nuevo día, desde las rejas de su jaula urbana... Fue ello, el sorprendente grito natural de un ser vivo que gritaba algo... ¿Qué?... era el grito de un ave valiente y rebelde, añorando su libertad en los cercanos campos de olivos o las tierras donde cada año... “nace el pan”. Recordé la tristísima estampa de “un macho de perdiz preso en su pequeñísima celda y donde ciertos cazadores la guardan para el apasionante reclamo”... modalidad de caza que mejor no comentarla... pero que fui imaginando mientras subía en el vehículo y aún después viendo ya los campos de Andalucía.

            En Córdoba y en la habitual parada, desayuné algo; atrás quedaron los bosques de olivos, el tenue sol del amanecer, algunas madrugadoras rapaces volando su territorio campero; vi palomas, vencejos, alguna colonia de golondrinas cuyos nidos estaban en las alturas de unos silos para el grano. Los campos de girasoles ya despiertos y plantando cara al padre Sol. Fui tranquilo, escéptico, resignado hacia el destino que marcaba aquel inesperado viaje.

            Había obras  en la carretera, mucho tráfico, aparecieron “nuevas sábanas inmensas” del amarillo dorado de los girasoles; un accidente: a los lados de la carretera dos vehículos, un automóvil y un furgón pequeño, ambos destrozados y las mercancías que portaba este último; esparcidas en la cuneta. ¿Hubo muertos?... el autocar seguía en su rutinario camino.

            Por fin Sevilla, la estación de autobuses, situada cerca de la Plaza de España y de lo que fuera la Exposición de 1929, cuyos edificios los estaban remozando para la, tan pomposamente anunciada y propagada exposición “universal” de 1992 (“Expo 92”: Conmemorativa del medio milenio en que Colón descubriera “su Cipango”, luego confirmado como un nuevo continente al que se le denominó América, por esas casualidades de la vida... y a Colón sólo le dejaron Colombia). 

            Tomé un taxi con la máxima rapidez y por fin llegué a mi destino.

            No me querían dejar pasar, me volvieron desde el ascensor; convencí al guardián de la escalera, diciéndole que venía de Jaén, que había recorrido mas de 250 Km., que me había levantado a las cinco de la mañana, que no estaba allí por gusto... que operaban a una hija mía... que por ello estaba en las puertas de aquel hospital.

            -Pase... (por fin me indicó, tras no pocas explicaciones más).

            Pasé y subí las cinco plantas de escaleras, llegué faltándome la respiración y entré en la planta de “quemados”; mi esposa me esperaba llorosa y con la incertidumbre propia del caso y las circunstancias que provocaron aquel accidente, donde una planchadora eléctrica, quemó profundamente el dorso de la mano derecha de nuestra hija menor.

            -¿Dónde está? (le pregunté pues mi hija no estaba en aquella habitación).

            -La están operando... está en el quirófano.

            Larga espera, ya que si bien fue corta en   tiempo, pero hay minutos tan largos como meses. Por fin la ansiada llamada del cirujano para informar a los familiares presentes. (mi esposa y yo).

            -No se preocupen todo ha ido bien. Quedará bien, no perderá movimiento en ninguno de sus dedos; (reiteró) no se preocupen, todo irá bien, dentro de cinco o seis días se lo confirmaré y si no, habrá nuevas intervenciones y todo quedará bien; depende de los injertos de piel que le hemos practicado y de cómo responda su organismo, si no habría que hacer otro tipo de operación, más lenta, pero eficaz (habría que abrirle una parte del vientre e introducir la mano allí y en veintiún días, que su propio organismo regenere los tejidos)... no se preocupen que todo irá bien en uno u otro caso. Reiteró por tercera vez, nos sonrió y se marchó.

            Nos miramos mi esposa y yo; ella pudo llorar, yo no puedo hacerlo cuando quiero... me suele costar mucho ello, pero... “la procesión va por dentro”.

            Pasado un tiempo, que no fue muy largo, nos trajeron a nuestra hija (mujer ya de veinte años) inconsciente debido a la anestesia... delirios, llamaba a sus padres y hermanos, llanto, miedo, dolor... Impotencia por nuestra parte; pero todo pasó y a las dos de la tarde la anormal normalidad imperaba en el número quinientos trece de “La Unidad de Quemados”.

            En otras habitaciones de aquella unidad, habría otras tragedias mucho más enormes que la nuestra, así es que resignación y espera, así como esperanza invocando al Dios Supremo.

            Conseguí sacar a mi esposa del hospital y no fue ello fácil, pese a que llevaba veinticuatro horas sin comer nada; comimos en un modesto restaurante de los muchos que pululan cercanos a tan gran hospital; ella casi no comió... la llevé a tomar un café situado en una terraza cercana bajo unos naranjos y ello le animó a tomar un pequeño dulce (“un tocinito de cielo”)... y se marchó enseguida al pie de la cama de la hija.

            Yo me quedé un rato, necesitaba estar solo y meditar; y de pronto, llegó aquel “gorrión”; aquel ser lleno de alegría, de ritmo, de vitalidad, de ganas de vivir... y empezó su concierto.

            Nos cantó una rumba (era gitano) nos habló, nos deseó una buena sobremesa; nos animó hasta para que le aplaudiéramos, y consiguió “algo” con esa espontaneidad y el peculiar ritmo de su cante, su baile y los mil tonos que sacó a aquella guitarra, la que tocaba con ese ritmo que sólo saben conseguir los gitanos; tamborileaba la misma haciéndola girar y empleándola igualmente como timbal... y yo que sé lo que hizo en no más de cinco minutos. Luego pasó “la bandeja” y pidió el pago de su concierto... empleó la misma guitarra como bandeja.

            -Tocas bien la guitarra, muchos que lo hacen peor que tú están por ahí dando conciertos en salas abiertas al público (le dije).

            -Pues toco sólo con tres cuerdas; (dijo aquello mostrándome aquella peculiar guitarra y añadiendo)   “Yepes toca con diez cuerdas y yo sólo con tres”.

            -Pese a ello le consigues un magnífico ritmo.

            -A ver si encuentro “un padrino” y... (dejó la frase en el aire).

            -Lo encontrarás; (le respondí con toda firmeza y le di unas monedas). También le regalé un cigarro-puro y se fue tan contento... y desapareció tan súbitamente como había aparecido. Me acordé de los gorriones, de las golondrinas, de los gavilanes o rapaces vistas aquel amanecer... de La Creación; sonreí agradeciendo aquella experiencia y aquel regalo, que había recibido de aquel hombre joven al que –posiblemente- nunca volveré a ver.

  (Sevilla 8 de Junio 1989)

 

ATRAS / PAGINA PRINCIPAL