Nº 30

 

RELATO

 

LOS ASTUTOS Y DUROS GORRIONES

 

            Desde que recuerde los he visto cerca de mí... era muy niño y viviendo en aquel viejo y  bastante destartalado caserón, el que ya  contaría un par de cientos de años y que heredado por los seis hijos de mi bisabuela, todos y sus familias, de jornaleros o trabajadores del campo, sin tierra... vivíamos bastante apretados en aquellas dependencias, dónde había que compartir cocinas (había tres) y “un escusado” o pozo ciego, dónde más de veinte seres humanos, teníamos que realizar nuestra necesidades... “los numerosísimos niños, muchas veces optábamos por las cercanas eras y descampados”, puesto que aquel caserón lo edificaron prácticamente en una de las últimas calles del pueblo y el campo abierto, lo teníamos muy cerca... “era éste el gran paraíso para la multitud de chiquillos de aquellas calles, el campo abierto incluso las estribaciones de la cercana, Sierra Mágina”, o los barrancos cercanos... puesto que en aquellos tiempos (1940 y...) al no existir otra solución y siguiendo las “sabias indicaciones de los curas en sus púlpitos”... había que traer a éste mundo, todos los hijos que... Dios nos otorgara, puesto que aparte de ser ello una bendición... cada hijo... se decía... trae un pan debajo del brazo”; la realidad era otra pues ni había pan ni escuelas para aquellos desheredados y además... “perdedores de una cruenta guerra civil”. La realidad entonces en aquella España de pobres y desarrapados, eran las hambres más atroces de que tenían noticia los mayores; por tanto muchos de aquellos niños morían pronto... los que no nacían ya muertos o tarados, de los que también había cierta abundancia. Era la selección natural; por ello los que quedábamos vivos y curtidos por todas aquellas vicisitudes, crecimos fuertes y aguantamos todo lo que la vida nos tenía reservado... hasta que pasados quince o veinte años... en España se  pudo vivir mejor y por tanto... “comer bastante bien todos los españoles”. En mis novelas artículos y relatos, he escrito lo suficiente como para que con todos aquellos textos, se pudiera obtener una buena historia de “aquella España” y ese pueblo español del que nadie escribe; y con ello conocer gran parte de la realidad que sufrió, por culpa de “unos y otros”, puesto que todos los gobiernos y sus políticos fueron culpables... y que nadie me hable de... “unos más que otros, culpo hasta a las testas coronadas”. El siglo veinte en sus primeros 55 años... no debió ser lo calamitoso que fue para aquellos españoles.

            Pero volvamos a los gorriones... aprecié desde niño, que aquellos pájaros siempre estaban alrededor de los seres humanos y sus hogares y que por poco que el hombre dispusiera o consumiera; de lo que tiraba a los entonces “muladares” (la recogida de basura era algo impensable en aquella época y en aquellos pueblos)... de las migajas que se nos pudieran caer al ejército de chiquillos, que generalmente... “el pan y aceite, con sal” (comida casi única  y cuando la había) nos lo comíamos en la calle y jugando; y de lo que la propia naturaleza dá en esos aledaños, vivían y prosperaban proliferando, grandes cantidades de gorriones, todos ellos, inquilinos de aquellas viejas casas, en cuyos rincones, resquicios, rajas o grietas y en los aleros de los tejados, bajo las grandes tejas árabes; hacían sus nidos y formaban sus colonias... pues sabido es que el gorrión es sociable y  su fuerza y astucia, unida a esa unión en grupos o colonias, es lo que les hace ser indestructibles, puesto que saben montar hasta sus servicios de vigilancia y mientras unos comen o buscan afanosamente lo poco que hay por comer, otros desde las alturas vigilan y aproximándose el peligro (generalmente el gato, el hombre o alguna pequeña rapaz)... lanzan unos estridentes gritos y parece que con ellos dan el toque de... “sálvese quién pueda”... y generalmente todos se salvan huyendo y escondiéndose en lugares cercanos y que ya conocen.

            Había (como entre los hombres) colonias de “gorriones ricos”... éstos eran, los que se asentaban cerca de los graneros o “pósitos para el grano”; en los aledaños del mercado de abastos (o municipal), matadero municipal, plaza principal y cerca del ayuntamiento e iglesia arciprestal; casonas de los ricos del pueblo, las que les servían igualmente para guardar sus cosechas y algunas caballerías y otros animales domésticos que enriquecieran sus despensas; también los había en las “trigueras” (nombre vulgar del pequeño molino o almacén de venta de granos) o panaderías... igualmente en los cercados y cobertizos, donde se guardaban cantidades de ganados lanar, cabrío o porcino. En todos estos lugares y por deducciones lógicas y claras, abundaba mucho más la comida que, en las casas de... “los pobres jornaleros o labriegos sin tierra”. En resumidas cuentas, que en aquel pueblo de “mis mayores” (yo nací en otro lugar) seguro que habría más gorriones que habitantes y éstos, posiblemente pasarían de ocho o nueve mil “almas”, que allí permanecían latentes, hasta que diez o quince años después, empezó la brutal emigración a zonas más ricas de España o del extranjero y el pueblo quedó reducido a la mitad o menos... “lo que permitió el que los que quedaron, fueran mejor tratados y mejor pagados, antes fueron algo así como... “siervos de la gleba”.

            Abundaban (los gorriones) en todos los cortijos, caserías, o asentamiento de pastores en el campo; puesto que todas aquellas zonas rurales estaban llenas de seres humanos y animales de todo tipo, puesto que la mecanización del campo aún no había llegado... también se hablaba de otra variedad o tipo; se trata del “gorrión campestre” o gorrión “triguero”, pero de éstos yo no puedo decir que viera ninguno; todos los que vi siempre estaban cerca de los hombres y sus ganados o “despensas”. Por tanto el gorrión, cómo la rata, la gaviota, la cucaracha y otros “bichos” o insectos que no quiero nombrar, parasitan al hombre y de hombre viven, generalmente, o mejor dicho, de los desperdicios o desechos que el hombre deja tras sí.

            Salí de aquel pueblo antes de los siete años y me trasladaron a mi lugar de nacimiento (Jaén) dónde mi madre trabajaba y junto a ella, yo entré a trabajar en aquella droguería que hubo durante muchos años, frente al “monumental  teatro Cervantes” (tristemente desaparecido debido a la voraz especulación urbana y a la inutilidad de un pobre alcalde)... “aquel contrato de trabajo”, anexo al de mi madre (ambos verbales), tiene su historia, pero prefiero no contarla y que cada cual piense los motivos, que fuerzan a una madre a aceptar el que su hijo tiene que trabajar, simplemente por que ese es el único medio que se reúnan madre e hijo, coman en la misma mesa (de la cocina del dueño)  y duerman en la misma cama en una pequeña habitación con su ventanita y todo”... aquella madre trabajaba desde el amanecer hasta altas horas de la noche, por un salario mísero... pero se le “premió”, con el “anexo o dádiva de la reunión familiar bajo ciertas condiciones”... o sea que de dádiva no hubo nada... “pero La Providencia, tiene senderos muy estrechos para que por ellos pasen los seres humanos, con toda la dignidad imaginable... y nosotros pasamos”... gracias madre.

            Y ese hecho insignificante para el resto de la humanidad... significó para mí, el “ingreso por la puerta grande en la Universidad de la Vida”... puesto que la Naturaleza (o Dios) me habían dotado de la suficiente agudeza de sentidos e inteligencia y fui por la vida, viéndolo todo y preguntando por todo... mis sentidos e intuición fueron como algo parecido a lo que luego se denominara... “radar o sónar”... mis ojos “cámaras fotográficas” con archivo infinito y mi alma, una inmensa esponja dispuesta para irse empapando de todo lo que por ella “pasara”.

            Allí en la capital de la provincia, seguí viendo y observando los gorriones, que los podía ver, incluso desde la ventanita de nuestro dormitorio... “empinándome subido sobre la cama” y así verlos volar o revolotear, “discutiendo, peleándose” constantemente, de parecida forma en sus escandalosas “fiestas nupciales”; y también observando el esmerado cuido de sus crías.

Y en esa unión “tribal” ya descrita que he observado siempre en cualquier lugar del mundo, empezando por ese Jaén en el que vivo y en el que proliferan por cualquier lugar y que va, desde “la alta Catedral hasta las naves de los múltiples polígonos industriales o comerciales y zonas de chales que existen”. Igualmente proliferan en toda la provincia de Jaén y en toda Andalucía... ya que los he visto y observado en tantos lugares que ya de algunos ni me acuerdo.

          En mi libro “Cuentos y Relatos”, dedico uno titulado: “Carta a mi mejor amigo”, el que en una de sus partes, contiene la fugaz estampa de “una familia de gorriones” y la pequeña tragedia que sufrieron ante mi vista... “impasibles continuaron tras ella como si nada hubiese pasado”.

            Suelen ser molestos y algunas veces dañinos, puesto que levantan tejas y por ello caen goteras, anidan en cualquier lugar y obturan (como me ocurriera a mí) hasta la salida de humos de un calentador a gas butano; por lo que hay que prevenir y tapar convenientemente todos los lugares que uno pueda localizar y que ellos pueden aprovechar y aprovechan al menor descuido. Son tenaces como las hormigas y de ahí mi calificación de “duros”. En la principal entrada al palacio “imperial” de Fez, cuyas puertas tienen magníficas filigranas huecas en bronce, latón y cobre... hasta en esas filigranas, vi nidos de gorriones; lo reflejo en mi detallado relato escrito sobre mi amplísima visita a Marruecos, a finales del pasado siglo.

            Los he visto en Roma incluso en los jardines de Villa Borghese y sus frondosos arbolados; en los cercanos y grandes pinos, tan abundantes en la “capital del catolicismo” y a los que el compositor Ottorino Respigui (1879-1936) dedicara su famosa sinfonía, “Los pinos de Roma”. En todas las partes de Italia que he visitado los he visto abundantemente, incluso en Venecia, disputándoles a la “plaga de palomas”, lo que los turistas les echan en la Plaza y “Piazetta” de San Marcos,  En París (dónde y en uno de los relatos dedicados a dicha ciudad, reflejo una enternecedora estampa de una pareja de viejos (¿matrimonio?) echándoles miguitas de pan,  sentados cómodamente en un recoleto jardín de uno de los lugares más visitados: tras de “La Santa Cruz”); igualmente reflejé los que habitan cerca y “dentro” de la Torre Eiffel. También los he visto en todas las ciudades francesas visitadas, Costa Azul y Riviera Italiana, ciudades y jardines belgas e ingleses, alemanes, austríacos, checos, eslovacos, húngaros... y toda la rivera mediterránea visitada por mí, incluidas islas... Norte de África, en el interior de Marruecos, incluso de ciudades y oasis ya dentro del Sáhara; en la cordillera del  Atlas y sus vertientes... y por descontado en toda España y gran parte del Portugal visitado por mí... no recuerdo si también en “Madéira e islas Canarias” (aunque seguro que allí los hay también)... el gorrión ha acompañado al hombre a lo largo de sus migraciones o expedicciones de exploración o conquista; y por ello debe estar en gran parte del mundo, establecido junto a ese hombre, del que vive... pero del que desconfía pese a los siglos y suele estar cerca de él, pero siempre a la distancia conveniente para emprender la huída al menor signo de peligro que considere, ese hombre represente para él. He visto excepciones y me las han contado, la de pollitos de gorrión cogidos caídos o cogidos del nido y que alimentados por una persona, “la adoptan como padre/madre  y con ella conviven”.

            Estos días he realizado un relato (“Un día de verano en un año de sequía”) y como necesariamente tuve que reflejar a mis “vecinos” los gorriones que me acompañan en el campo (los que tengo en la ciudad, los dejo a la imaginación del lector) no me extiendo sobre ellos, si bien sigo yendo a los jardines de “La Alameda” y les llevo a los miles que allí habitan, los trozos de pan que sobran en la casa y algunos otros que me da el camarero de la cafetería del hotel y mientras doy el cotidiano paseo, se los boy desmenuzando y colocando en los lugares habituales que ya escogí de antemano y veo con cierta alegría, el que así que me ven... empiezan a tomar posiciones y revolotean cercanos, pero eso sí... no van a picotear esas migas o trocitos de pan, hasta que no he andado unos veinte o más metros del lugar donde comen... también aquí hay ya tórtolas “turcas” y conviven con los gorriones sin que al parecer... “discutan unas con los otros”.

            Así pues termino mi relato y quiero imaginar, que al igual que mis primeros recuerdos son de aquellos lugares dónde tantos gorriones había, espero que al marchar de éste mundo; ese mismo día, pueda oírlos en sus peculiares “algarabías”, será para mí un muy grato canto de despedida de este pobre mundo... pero donde... “tanto he vivido y aprendido”, por lo que doy las gracias a esa Fuerza Omnipotente y que proporciona La Vida... y a la que llamados Dios.

            Los gorriones nos enseñan a los humanos, su enorme rebeldía e independencia, su unión familiar y de grupo o colonia, su celo por sacar a su prole en cualquier tipo de circunstancias... y su incansable lucha por la vida, “a la que cantan casi todo el día, haciéndolo mucho más vibrante cuando se levantan al amanecer o se acuestan cuando ya en el horizonte, se pierden las últimas claras del día”... sí, observad a los gorriones, cada día nos dejan un gran mensaje a todos los humanos que saben leer... en ese inimitable... “Libro de la Naturaleza”.

 

En la ciudad de Jaén, en las mañanas de los días 20 y 21 de Julio del 2005

 

 

 

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