Relato nº 32

 

 

EL  RÍO DEL SER, DE LA VIDA, DEL SABER

 

            Me escribe “un aprendiz” que me  elige como “maestro”… quizá en la angustia, que denota su escrito… no intuye que  yo soy “otro aprendiz que busca Maestro” (éste con mayúsculas) y que  no encuentra. Por ello (quizá) vengo “pensando y leyendo”; desde muy niño y pienso, que tras leer a muchos Maestros, que ya murieron hace siglos (“y que ya lo dijeron todo”) y leer en el “mejor de los libros”, cual es el que Dios escribió en su Creación; y que aquí lo tenemos en toda la denominada  “corteza terrestre”, mares, simas y profundidades abisales, incluidas… llego a la conclusión que otros infinitamente más sabios, llegaron; o sea que “no se nada”… o tan poco, que es absurdo decirlo. Pero he de corresponder a éste “discípulo”, el que  escribiendo  de madrugada me apremia con las ineludibles palabras… “necesito ayuda”… ¿Podré ayudarle, sé lo que necesita, puedo dárselo? Al menos lo intento; y empiezo meditando y escribiendo lo que “las musas me dictan”.

            El ser, el saber, la vida… el infinito: Bien, “esas musas” me dicen, que el ser es como el nacimiento del río que nace en las altas montañas; que generalmente en su inicio, es un regato o minúsculo caudal de agua, al que yendo pendiente abajo; se le van uniendo otros “pequeños” regatos que lo van aumentando… así va creciendo lentamente y cuando generalmente, llega a las suaves pendientes o llanuras; su caudal se va consolidando y sigue recibiendo afluentes… pero hay en ese largo camino; tierras o terrenos en que su “andar” es lento, pesado, dificultoso; por lo que tiene que tener  paciencia e ir salvando poco a poco (algunas veces en “interminables” meandros o serpenteos interminables); hasta que por  fin… un  día llega al mar, tras lograr salvar el  último obstáculo y que son la barrera final de las arenas  marinas; fin de  su larga carrera… y en ese mar; se funde con, “ese todo que es el ciclo del agua”… que evaporada por el padre Sol, la convierte en lluvia o nieve; que vuelve a las altas montañas y… “vuelta a  empezar”. Ocurre “a todos éstos  ríos que imaginariamente veo en mi mente mientras escribo”… que… en sus largos trayectos, reciben, tormentas y avenidas, que “dislocan” el cauce y su habitual discurrir; produciendo riadas y catástrofes que  “cambian” al  río, lo agitan; aparentemente lo destruyen en su natural discurrir… pero siempre… “las aguas  vuelven a su cauce natural y discurrir, hacia el mar”. ¿Qué conclusión podemos sacar “de éste mensaje de las musas”?

            Quizá nos quieran decir que, el hombre es como ese río imaginario; que nace (“su alma”) en un momento “del tiempo y el espacio” y Dios;  le manda “caminar hacia ese lejanísimo mar”… que las diferentes religiones definen a su manera y que todas o casi todas; lo hacen coincidir con el final encuentro, con ese Dios; Divinidad o como queramos denominar a… “eso tan difícil de explicar y mucho más de comprender”.

            Pero entonces viene la terrible pregunta… ¿En que punto o lugar del infinito discurrir de la vida, está ese discípulo y todos  los demás?... sencillo, no lo sabemos; no tenemos la más remota idea de ello… “La Divinidad no se digna explicárnoslo y los seres de carne y hueso, no lo han logrado nunca; y por cuanto se sabe y deduce, no lo van  a lograr en muchísimos siglos… “o eones”.

            Pero sí que podemos recoger de las propias experiencias; y las de los sabios que hemos leído… “más aún de la del libro natural y al que antes  me he referido”; que nos dicen más o menos  claramente, que hay que tener paciencia y seguir “navegando”; no oponiendo resistencia a lo que no se le puede poner; aceptando las leyes que se nos imponen; y ser como ese largo río. Caminar siempre y como se pueda, hacia el mar que se nos ofrece al final… y procurando que cuando “vengan las tormentas”… que seguro que vienen y “en cantidad”… que ellas no nos alteren demasiado; y que más pronto que tarde… “podamos volver al cauce normal”… sin prisas, pero sin pausa… ¿Al final que es la vida de un ser si  la equiparamos al tiempo y al espacio? Algo efímero, pasajero y que hay que sobrellevar con ese tesón del que… “quiere llegar a su mar”.

            Como final, copiemos lo que dijera uno de “los más sabios” de nuestra civilización. “Un discípulo de Sócrates, Chaerophon, pregunta un día a la Pitia (“Santuario de Delfos”): ¿Existe un hombre más sabio que mi maestro? La joven, que no conoce a Chaerophon, responde: “No hay nadie más sabio que  Sócrates”. Enterado este último de la respuesta, se asombra: “Sólo Dios es sabio”, dice, Y añade: “Si el oráculo pretende que yo soy el más sabio, yo, que sé que no sé nada, significa que todo el saber humano no es nada”.

            ¿Podríamos añadir algo más después de esto? ¡No, seguro que no!

 

Jaén: 29 de Abril del 2006

 

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