RELATOS DE MI NIÑEZ

 

AQUELLOS MOLINOS  DE SIERRA MÁGINA

 

            Muchos años ya. Sí, pasaron ya muchos años y aquellos antiquísimos molinos, que posiblemente instalaron los musulmanes (alguno, puede que de época anterior) dejaron de moler el grano y por tanto de funcionar. ¿Quedará alguno como reliquia?. Me lo he preguntado más de una vez y un “pegalajareño” ya viejo y afincado en Jaén, respondiendo a mi pregunta, me dice que sí, que aún queda alguno de aquellos viejos molinos y dice que en aceptable conservación, pese a su abandono. El mismo es de propiedad particular (dice) y allí está, en aquellas pendientes y junto al  “caz” por el que circulaban las purísimas aguas de la sierra. Debe ser conservado y cuidado como un “rústico” museo. Pero, curiosamente, “yo fui a visitar uno de aquellos molinos de Pegalajar”; había varios, según me dijo mi abuela, puesto que aquel maravilloso viaje, lo realicé de la mano de mi entrañable abuela materna, con la que realicé algunos más (¿o fueron muchos?) y en la época en que “fui verdaderamente rico”, puesto que fue en esa época donde el ser humano es niño  y aún así... alguno; “despierta muy niño”. Sí, era la época en que “mi gran esponja interior”, se empezaba a ir llenando y lo que luego y tras muchos años, me ha permitido escribir sin apenas esfuerzo y es claro que sin apenas agotar los miles de temas, que “aquella esponja” ha ido guardando a lo largo de mi ya no corta vida. Y digo “lo de rico” (y lo reitero) por cuanto es la época en que las necesidades del ser son mínimas y si éstas se cubren, todo lo demás sobra... al menos en lo que al cuerpo se refiere... ¿al Alma?... ¡Ah, el alma!; qué será “eso”.

            Era verano, ya avanzado y las cosechas del cereal estaban ya guardadas en los graneros o a lo sumo, se encontraban en las eras de los pueblos, en “parvas” a punto de ser aventadas, o en los ruedos donde aquellos trillos tirados por bestias, chirriaban y desmenuzaban las mieses hasta convertirlas en paja; paja que luego, sería avaramente guardada para el ganado, eran tiempos de miserias y hambres en España.

            Es claro que en aquellas épocas (“1942. 1943. o”) sólo unas minorías tenían tierras, bestias, ganado y por tanto poseían aquellas mieses de las que hablo. Otros muchos (muchísimos) a lo sumo la mies que podía recoger, era la del “espigo” y la que iban a espigar (si los dejaban, pues hasta en esto “eran perseguidos”) tras haber sido retiradas hasta la última gavilla, de aquellos ardientes campos; donde trabajaron aquellos cuasi siervos, que hubieron de subsistir y sobrevivir en las durísimas condiciones en que lo hicieron. Hoy aún quedan bastantes viejos y viejas de los que me refiero, puesto que luego la situación mejoró lo nunca esperado y a partir de unos “tres lustros después”, empezamos todos o casi todos a “ser ricos” de verdad y a disfrutar de unas abundancias nunca soñadas. Son las dos controvertidas épocas de Franco, en las cuales se puede contar y no acabar, pero la realidad fue como fue y no como los demagogos y “otros bichos” (que aún quedan) las cuentan; puesto que se pasó de una de las épocas más miserables y tristes de la Historia de España, a la de mayor abundancia que haya sido datada y la que aún continúa pese a que nos quejemos; pero “las bases de todo ello... quedan atrás, en aquellos campos, aquellas eras y la brutal emigración padecida y de la que nuestra provincia de Jaén, fue puntera,” pues hay otra provincia fuera de Jaén”: tenemos hoy los mismos habitantes que en 1915/18”. Todo cuanto digo o recuerdo, lo hago con la simple y llana intención de que sirva de soporte y base para no repetir aventuras sanguinarias y que no nos líen de nuevo, los sin escrúpulos, los demagogos y los que en definitiva, van a vivir de lo que otros producen, ya que la mayoría de ellos (dejemos las excepciones) apenas si producen para “el pan suyo de cada día”.

            Pero yo iba a hablar hoy de viejos molinos, molienda y un viaje: prosigo con ello.

            Al amanecer de aquel inolvidable día veraniego, salían del pueblo (Mancha Real) aquella aparentemente ya vieja mujer (apenas rondaría los cincuenta años, pero su piel ya estaba demasiado arrugada y curtida por los cuarenta y tantos veranos e inviernos vividos como antes vivían aquellas buenas gentes) y de la mano llevaba a un niño de cuatro o cinco años (no recuerdo, puesto que a esa edad casi todo es confuso, salvo “cosas” que se graban en el alma) por cuanto al vivir solos, donde iba la abuela, forzosamente tenía que ir el nieto; el que dicho de paso y aquel día “de aventuras” iba feliz y contento, pues iban “a moler trigo” a Pegalajar.

            Es claro que el trigo portado, lo portaba aquella mujer a sus espaldas y fácilmente se puede deducir de “la finca” donde procedía y la cantidad que sería llevada a la molienda, lo que dicho sea de paso, hoy; no importa apenas nada. Pero el viaje tenía “sus miedos”, puesto que todo estaba intervenido y no era legal, portar grano sin la oportuna guía gubernativa y que acreditara que aquello no era procedente de un robo... “cosas que pasaban entonces”.

            Cuesta arriba desde una población a otra y andando, debió ser penoso para aquella mujer, no para el niño, el que inagotable e incansable, pudo ver aquellos maravillosos paisajes; lo bravía de aquella parte de la sierra y por primera vez en su vida, “las viñas donde se cría uva para elaborar vino”. Llegados al molino (no recuerdo si hubo que pasar por el pueblo) había que hacer cola, otros portadores llevaban similares cargas y por ello aquella molienda y el viaje, ocuparon gran parte de todo aquel largo y maravilloso día vivido por un niño.

            Acabada la molienda y cobrado en especie, la parte del molinero; vuelta a desandar el camino, con ya menor peso y muy contenta aquella mujer, pues portaba “pan” para unas semanas. Por ello ambos (abuela y nieto) venían contentos. El nieto pretendía que la abuela le cogiese uvas. “No, están verdes y además no se pueden coger, no son nuestras”. Le razonó al niño aquella gran mujer.

            A la vuelta de una curva de aquella terriza carretera, aparecen “la pareja de la Guardia Civil”; sorpresa, miedo, ¿Qué ocurriría?: entonces ver a aquellos hombres uniformados y con “el barbuquejo” puesto, era como para contener hasta la respiración.

            El niño nada sabía de aquello y simplemente señaló y dijo: “madre, los civiles” (a la abuela se la denominaba madre y a la madre mama – no mamá). La abuela endureció el rostro y siguió caminado, posiblemente iba rezando pues era muy creyente y se encomendaba a Dios y “a su niño Jesús, de madera, siempre encima de la cómoda”.

Pero aquellos hombres (que debían serlo) al pasar junto a ellos, simplemente miraron a “a la otra pareja” y no recuerdo si dijeron buenas tardes, adiós o “condios”; pero si que recuerdo el saludo de la abuela... “Dios guarde a ostés”. Si hubiese sido formada en una escuela aquello significaba lo siguiente... “Dios guarde a ustedes”; ¿pero...?.

            Sí, aquellos hombres (que tampoco vivían en la abundancia: entonces casi toda España pasaba necesidades) siguieron imponiendo la autoridad de su presencia, pero nada dijeron; nada preguntaron y quizá comprendieron el trabajo y el esfuerzo, que aquel pequeño “costal” de harina, había costado a quien lo portaba y que era justo el que tal alimento prosiguiera hacia el destino donde era conducido.

            Bajamos por aquel camino cuando ya el Sol se había ocultado por “el Poniente” y aquellos seres llegaron felizmente a su casa (la tenían afortunadamente) cuando ya empezaban las estrellas y “luceros”, a adornar el firmamento, donde quizá “Alguien”, se compadeció de las hormigas que como cada noche.... “buscaban refugio es sus viejos hormigueros”.

 

Y “LLOVIERON” ESTRELLAS

 

            Debió ocurrir por aquellos primeros años “cuarenta” del mil novecientos y a los que ya me he referido muchas veces… mis recuerdos están grabados en mi mente, pero con cuatro o cinco años, es imposible a mis ya casi sesenta y ocho, el fijar fechas;  pero “aquel viaje y con vehículo propio”, sería otro episodio de mi vida que marcaría algo muy importante, en  el devenir de la misma.

            El día anterior mi abuela materna (mi queridísima abuela Rosario) me dijo con cierta ilusión… ¡Mañana iremos a ver a tu madre! Nos acostaremos temprano puesto que hay que madrugar mucho y hay que preparar lo necesario para el camino.

            Simplemente salir del pueblo, era una gran noticia para aquel niño que fui y el que y desde que recuerde, siempre tuvo ilusiones y “visiones” en forma de sueños y fantasías de niño bastante despierto. Por ello, y aunque no me acuerdo, debí dar saltos de  alegría… puesto que era un viaje a “la capital”. Capital en la que había nacido, pero a la que no había vuelto desde que era un bebé y mi regreso a ella, era algo impensable.

            El preparar el viaje, era ciertamente laborioso, puesto que habría que aparejar a la borrica (“la vieja y entrañable Pepa”) proporcionarle un pienso extra, limpiarla un poco y en fin, preparar al animal para un recorrido de casi cuarenta kilómetros, que realizaríamos entre la ida y la vuelta… y entonces hasta aquella borrica, pasaba necesidades alimenticias y de ahí sus “pocas carnes”, si bien aguantaba bien los trabajos que hacía y con los que aquella familia encontraba un auxiliar enormemente necesario… “luego habría de ser vendida… pues las hambres de los humanos… obligarían a ello”. Pero esto lo contaré en su momento.

            ¡Venga hijo… hay que levantarse ya, se nos hace tarde… la campana de la iglesia ha dado los tres!  Es claro que no había reloj en aquella casa, ni tampoco luz eléctrica en aquella habitación (la única fija, estaba en la cocina comedor y sala de estar: “todo junto”): Aquel niño despertó un poco sobresaltado (solía ya tener pesadillas, que le acompañaron hasta ya muy mayor… “recuerdos de las tragedias que viera”: seguro) y a la luz del cercano candil de aceite, se restregó los ojos para espabilarse y sin decir nada, se levantó. Aquella magnífica mujer, ya tenía una palangana de agua limpia y jabón, para “adecentar” al nieto y que “fuera guapo”, para que lo vieran su madre  y los señores de la casa en que ésta trabajaba como “cuerpo de casa” (o sea estar levantada a las siete de la mañana y acostarse a las once de la noche, sin apenas descansos y trabajando en todo “lo de la casa”, eso era lo de “cuerpo de casa”)… por todo ello, aquella mujer, que lo hacía ha diario; se esmeró aún más en el aseo del nieto y el suyo propio. A continuación lo vistió con su único trajecito de “los domingos” y seguidamente,  salieron al portal de aquella casona, donde y al fondo del mismo, estaba la cuadra, donde aguardaba la borrica.

            Siéntate en la escalera que boy a sacar a la burra, aquí dejo éste bulto… que no se nos olvide. Dijo y marchó. Aquel “bulto”, era algo de comida para el camino y quizá algún trapo o toalla, para cualquier necesidad en el largo camino; puesto que el recorrido necesitaría cuatro o cinco horas y otras tantas a la vuelta, ya que no había prevista pernoctación; de ahí esa toma de tiempo para volver a la noche; puesto que era el mes de agosto y “el día es largo en Andalucía y en ésta época de estío más aún”.

            Salió “la Pepa de sus aposentos” y diligentemente aquella mujer, le puso los aparejos y cincha y encima de ellos, la rústica y pesada albarda. Tras ella “el grande serón de esparto”; el que siempre llevaba encima este pobre animal, puesto que en cualquier trayecto… “pueden presentarse cosas a aprovechar en el hogar y hay que recogerlas de inmediato”. Encima de ella colocó una burda manta.

            Por fin y tras todo este ajetreo, salieron abuela, nieto y burra, a aquella calle empedrada y casi a obscuras, puesto que el alumbrado público, era tan pobre y distante que apenas alumbraba “las cuatro esquinas” de aquellas largas calles. Fueron andando hacia la carretera y se detuvieron en la “fuente nueva”,  y  mientras el animal bebía abundantemente en el pilar o abrevadero, los caminantes lo hicieron en el cañillo que arriba de éste, manaba poco más de un hilillo de agua. Realizado ello y como la borrica estaba descansada, según dijo aquella mujer, y ayudados por los escalones que había en la fuente para subir al caño de agua; subió primero aquella mujer y luego tendiendo las manos, subió al niño que lo colocó junto a ella y en su costado, pues iba de lado.

            ¡Vamos Pepa… que tenemos que llegar a Jaén, antes de que apriete el Sol!

            Y a buen paso, aquel animal emprendió el largo camino, el que por la situación orográfica, en su trayecto de ida; serían dos tercios del mismo, cuesta abajo y  el resto en empinada cuesta arriba; salvo las lógicas ondulaciones que marca el terreno. Por todo ello aquel animal que apenas llevaba carga y con el fresco de la madrugada, marchaba sin dificultad alguna. Los caminantes tampoco eran numerosos a esas horas nocturnas; entonces apenas había circulación de automóviles o camiones y ello era una seguridad para la integridad física de aquellos tres seres, que “a la luz de las estrellas” y viendo lejanas las de la capital, caminaron, realizando todo el viaje sin contratiempo alguno, puesto que igualmente y en aquellas épocas… “ladrones y bandidos vulgares”… no había apenas… “de los otros sí, pero mejor dejarlos en sus guaridas, casas, mansiones o palacios”.

            ¡¡Madre… mira, mira, mira al cielo!! He referido más de una vez, que la palabra madre, equivalía en aquellas gentes a la de abuela (que no se empleaba) y la de madre, era sustituida por la de “mama” (no mamá); padre equivalía a abuelo y papa (no papá) al del padre; así  como la de  tío, era sustituida por la de “chache”, temprano por “trempano” y así muchas más, puesto que era el idioma aprendido por aquellas masas de analfabetos cuyo vocabulario no era extenso; y menos, adaptado al idioma oficial de España… o sea, “el español de todos los españoles” “ellos tenían su idioma”.

            Al oír aquel grito que diera el niño, aquella mujer miró y agarrando al nieto con fuerza y sonriéndole le dijo.

            ¡Están lloviendo estrellas!... ¡Hijo, mira que bonico (bonito); están cayendo estrellas del cielo!! ¡¡Mira cuantas!!

            Y efectivamente, eran muchas, muchísimas, “las estrellas” que al parecer y por el efecto óptico, caían del cielo a la tierra, puesto que todas en líneas más o  menos rectas pero sesgadas; pareciera que iban “a morir” en la tierra que se adivinaba en el oculto horizonte. Está claro que el fenómeno y que cada año se produce, aproximadamente, por la noche de “San Lorenzo”, es conocido como “noche de estrellas fugaces”; y que no es otra cosa (dicen) que, al pasar nuestro planeta por un determinado lugar  del espacio, muy poblado de partículas materiales; éstas al caer atraídas por el mismo y  al friccionar con la atmósfera, “se incendian” y su resplandor y estela, son mucho más brillantes que las verdaderas estrellas que cubren la bóveda celeste y de ahí, ese espectáculo natural y que cada año se repite; y al que acuden multitud de observadores y en mayoría simplemente por verlo. Indudablemente que es observado por los profesionales y aficionados a la Astronomía.

            Aquel hecho fortuito y no esperado por aquellos seres, dio pie para que aquella mujer (infinitamente creyente en “su Dios”) le hablara al niño, de todo cuanto ella creía saber, sobre el cielo de sus creencias, en lo que entraba lo que su madre le había dicho, cuando le había preguntado, “donde había nacido Dios” y su madre le dijo, que “en el campo y en una flor”. Aquella conversación entre nieto y abuela, duró un tiempo largo, puesto que aquel niño era insaciable preguntando cosas… él y desde muy  niño, quiso “saber todo de todo” y nunca sintió miedo de preguntar directamente lo que no sabía y pese a las recomendaciones de los mayores; con el sabido dicho de…  “eso no  se pregunta” y a lo que el niño siempre pensaba… ¿y por qué no se puede preguntar lo que no se sabe? Por ello aquel niño, preguntaba y preguntaba e iba llenando “su enorme esponja”, con “verdades y mentiras que le iban diciendo aquellos a quienes preguntaba”… luego con los años y suma paciencia e infinitas lecturas y deducciones propias, iría elaborando su verdad o sus verdades y contándolas en “su mundo” y luego en otros, a los que en aquella temprana edad, ni intuía podría llegar… es cierto aquello de que… “Dios escribe derecho en renglones torcidos”… “y que la escuela está en cualquier lugar donde llega el alumno o discípulo inteligente, que sabe oír, ver, preguntar y luego  analizar”. Y ahora mismo al escribir recuerdo la inteligente observación de aquel sabio griego (cuyo nombre no recuerdo) y que  más o  menos dijo…”Ved la sabiduría de la naturaleza, Dios o los dioses, puesto que nos dio dos ojos, dos oídos y una sola boca, lo que demuestra que nos es más  necesario, el ver y oír que  el comer y beber, o hablar”… cito de memoria, pero la sentencia es elocuente y contundente por demás.

            Fue transcurriendo el camino y en un ribazo apropiado, aquella mujer detuvo a la burra, para que descansara un poco, para lo que bajaron ambos de la bestia. Luego trascurrido un tiempo prudencial, aquella mujer subió al niño, indicándole que fuese bien agarrado a cierta parte delantera de aquellos arneses, para prevenir algún tropezón del animal, el que por otra parte era dócil y bueno en demasía… y así poder caer al suelo. Nada ocurrió y por tanto aquel niño, pudo hacer el viaje siempre subido en el animal, salvo que él mismo, pidiera a “su madre”, el ir andando  un poco, puesto que ya iba cansado de ir  “con las patas abiertas” sobre aquel burdo serón, el que fue dotado con algún grueso trapo o manta, precisamente para evitar molestias a los cabalgadores de aquella burra.

            Y por fin “salió el sol” y pasó  un tiempo y empezó a sentirse el calor de aquel agosto… pero antes de que empezaran a “apretar aquellas calores” y a la vuelta de una curva, aquella mujer dijo con voz fuerte.

            ¡Mira… Jaén… allí naciste tú,  hijo mío… allí está esperándonos tu  “mama”!

            Efectivamente, desde aquel lugar se veían las partes altas de la ciudad, su fortaleza o castillo y el cerro que lo sostiene, las torres de la enorme catedral y de algunas otras iglesias y otras partes más indefinidas del casco urbano, o parte del mismo.

            El niño se maravilló al ver aquel espectáculo (maravilloso para él) y simplemente “abrió lo ojos como platos” y posiblemente sonrió, miró a su abuela y no dijo nada… iba ya cansado de tanta carretera y tanta burra. Llegaron a la entrada de la ciudad y como en todas las de entonces, lo primero que encontraron fue un gran abrevadero y fuente de agua potable. Allí volvieron a beber “los tres” y lo hicieron abundantemente, pues el calor invitaba a  ello.

            Después y sin perder tiempo, aquella mujer preguntó a algún transeúnte, el que le indicó varias de las posadas, que cerca había y donde aquellos viajeros en acémilas, encontraban tanto para  ellos  como para sus animales, alojamiento y comida abajo costo. Allí quedó  “la Pepa”, descansando y comiendo un  pienso extraordinario, para que recuperase fuerzas para el regreso, que sería a la caída de la tarde y pensando ya aquella mujer; que debería iniciarse, cuando ya el Sol hubiese “cedido” lo suficiente y que permitiese recorrer los cuatro o cinco kilómetros primeros, que serían cuesta abajo, con cierta facilidad o comodidad; y para cuando se iniciara la subida hasta Mancha Real (“ya pasado el puente sobre los dos pequeños  ríos”, que en él confluyen)… fuesen abundantes las sombras y con la ayuda del resto de  horas de luz diurna y  alguna  nocturna, estar de vuelta no más tarde de las once de la noche y sin que los tres caminantes, sufrieran cansancio y menos agotamiento… y así fue.

            ¡¡Hola mama!!... ¡¡Buenos días hija!!... ¡¿Estás aquí hijo mío!?... Gritos espontáneos, frases de verdadero cariño fraterno, expresiones de sana alegría, todo cuanto se pueda imaginar, ocurrió  en pocos momentos en aquel rellano de escalera, donde daba la puerta del piso o vivienda donde trabajaba María, la madre de Antonio, aquel niño, que de nuevo se maravilló a ver una casa de “señores”, que no eran otra cosa que clase media acomodada y dedicada al comercio.

            ¿Quién es… María?  Era la voz de la señora de la casa, que preguntaba.

            ¡Son mi madre y mi hijo, señora! Salió de inmediato aquella buena señora y sonriendo, invitó a pasar a todos, saludando a la abuela y besando al niño, cariñosamente. Seguidamente invitó.

            ¡Pasa… pasad…entrad a casa!.... María que descansen y ponles de desayunar, que seguro que traerán hambre. ¡Claro que la traían… en sus cuerpos sólo venía el agua que  no habían sudado en el camino! Por todo ello agradecieron y disfrutaron aquel desayuno, que contenía… ¡¡Hasta leche de cabra, con azúcar y pan blanco!!... “lujos al alcance de muy pocos españoles” en aquellos años de hambres y miserias inenarrables.

            Efectuado aquel “banquete y manjar”, ambas mujeres hablaron y la señora, llevó al niño a que recorriera el piso y viera el patio ajardinado que había, se asomase al balcón y… “aquella buenísima mujer, había tenido un hijo que se le murió siendo niño” y casada en segundas nupcias con otro viudo, ya no tuvo más… es claro que aquella estampa de un niño sano como el que tenía delante, debió recordarle momentos inolvidables de su propio hijo y vivencias con  él… aquella mujer y llegado el momento, no tuvo reparo en dejar a aquel chiquillo y en su primera comunión, que llevase la banda bordada en oro, el crucifijo y cadena de oro y  el libro con tapas de nácar, con el que su propio hijo, hiciera igualmente… “su primera comunión”. Pero hasta entonces debieron de pasar algunos años y “mil peripecias y aventuras humanas que vivían normalmente aquellos seres, dejados de la mano de Dios y de muchos de sus hombres y mujeres”.

            Bueno, pues ya estamos aquí María… tal y como me dijiste o pediste en tu “esquela”, la que me llevó, “la Monicha” (cosaria o recadera que a diario iba y venía del pueblo a la capital) y me leyó tu prima Sebastiana…?  Aquella mujer dejó en el aire la pregunta posterior.

            Sí, “mama”, tengo guardadas algunas prendas y calzado, que en esta casa van desechando y que yo te guardo para que lo aprovechéis en nuestra casa; también tengo en casa de unas amigas, algunos alimentos que te  entregaré y también te daré el poco dinero que gano y todo ello, no es para enviarlo con “la Monicha”; y aparte de ello, que quiero ver a mi hijo, puesto que se pasan los meses y no lo veo, ya que aquí “permiso” no quieren darme, puesto que  como llevo la casa, no pueden prescindir de mi y si bien viene otra mujer a trabajar, pero yo… como hasta les hago de cocinera, pues eso.

            Sí… hija si, tú aguanta todo lo que venga, que esta “es una buena casa”, aquí te quieren, incluso mandan algo de vez en cuando para “el niño” y  no están los tiempos, como para ir a la aventura… “más vale pájaro en  mano que ciento volando”. Terminó Rosario, sentenciando ante su sufrida hija… viuda a los  19 años y contando ahora unos 23 o 24, siendo bastante bella en todos los sentidos de tan noble palabra.

            Comieron al medio día en aquella pequeña cocina y donde guisaba y comía sola María, pero eso  sí, de igual comida que comían los señores en el comedor y la que era llevada a la cocina,  tras haberse servido los dueños de la bandeja o perola que con toda ella, era llevada a la mesa principal. No obstante, comieron hasta hartarse y acompañados del otro escaso majar, el hoy no apreciado (incluso prohibido por cuanto engorda) pan blanco y de harina candeal, procedente de “la maquilera”, que todas las casas pudientes tenían en aquella España de hambres y fatigas, el resto el de “cartilla”, puesto que mediante estas, se racionó hasta el pan, que “nunca fue blanco del todo”.

            Y a media tarde, dieron permiso a María para que paseara con su madre e hijo, les enseñase algo de la capital y les acompañase hasta las afueras de la misma y allí los despidiese… todo ello, fue una alegría enorme para los tres, que en muchos meses podrían estar a solas, reunidos y en esa compañía insustituible y por tanto felices y contentos, de volver a estar los tres juntos.

            Salieron cargados con todo lo que la hija había dicho a la madre; más algunas otras cosas que la señora entregó sobre la marcha, junto a “algunas pesetas para comprar algo al niño”. Luego fueron a una “abacería” cercana, cuyas propietarias (dos hermanas solteronas) eran del pueblo y donde, María guardaba las cosas que “no quería que supiesen en la casa donde trabajaba” y con todo ello, se encaminaron hacia la posada. No eran momentos para pasear viendo “calles, plazas y monumentos” y había que ir al grano… a ellos, lo que más les interesaba era verse, besarse, abrazarse, sonreírse, transmitirse el gran cariño que los unía y para ello disponían de poco tiempo; por tanto y  llegados a la posada, “sacaron a la Pepa”; de inmediato, cargaron todo en el serón y los cuatro se encaminaron a las afueras de la ciudad, donde unos corpulentos árboles les darían la sombra, la intimidad y el sosiego que necesitaban “más que el comer”.

            Llegados allí, la madre sacó la burda manta que llevaba para el viaje y tendida en el suelo, fue el “comodísimo” lugar donde aquellas dos mujeres hablaron y aquel niño, observó e intervino en contados y puntuales monólogos… “él era principal, pero secundario… la familia tenía muchos problemas”… María, Juan José; Diego, Rosario, el niño… y los “horizontes no eran nada halagüeños”, aquella pesadilla no parecía iba a tener fin y pese a que ya habían pasado varios años de la conquista de España, por Franco… “Aquellos seres no sabían nada de la gran guerra, o II mundial y todo lo que estaba pasando gran parte del mundo en aquellos tétricos años cuarenta”, lo que y como es lógico, entorpecería bastante la recuperación de la por otra parte, asolada España.

            Empezaron a hablar aquellas mujeres, que llevaban varios meses sin haberse visto y al rato de ello, aquel niño habló.

            -Tengo sueño; estoy muy cansado.

            Diligentemente aquella abuela, que siempre “iba preparada”; le improvisó un lecho incluso con almohada y allí, en un lugar donde el vientecillo de la tarde refrescaba el tórrido ambiente agosteño y junto a ellas, aquel chiquillos que aquel día; había madrugado de forma inusual, había vivido experiencias “enormes” y… “había comido a lo grande”; a los pocos momentos, dormía plácidamente. Las mujeres siguieron hablando.

-¿Las cosas en el pueblo, como siempre… no “mama”?

-Sí hija, sí… como siempre no, peor aún, puesto que este año en la siega no hemos podido ganar los jornales del año pasado, puesto que tus dos hermanos están en “la mili” y yo sola y con el niño, poco pude hacer, salvo ir a los lugares cercanos a espigar y siempre y cuando a tu hijo, lo dejase al cuido de los tíos de tu marido (“que en  paz descanse”) los que se quedan con  él y de camino le dan la comida de medio día… pero tengo que cuidar a la burra, ir por yerba para ella o llevarla de careo y si bien en estos menesteres me puedo llevar al niño, como igualmente hago cuando voy a lavar la ropa a la acequia… pero como puedes comprender, estamos pasando tiempos muy malos… muy malos… y menos mal que con lo que tu “me mandas” (envías)  vamos saliendo, de forma apurada pero salimos… no te preocupes; esperemos que para la temporada de la aceituna, den permiso a tus hermanos y con lo que ellos ganen… “recuperaremos fuerzas”.

Siguieron hablando y se contaron muchas cosas, la mayoría perentorias y tristes. Pocas “alegrías”, podían contar aquellas familias jornaleras o braceros del campo andaluz.

La abuela se había referido a sus dos hijos, Juan José y Diego. El primero y como un par de años mayor que el otro; había sido alistado en las últimas “quintas” de la Guerra Civil y con diecisiete años, fue incluido en aquellas multitudes de soldados casi niños y que fue llamada “la quinta del biberón”. Los llevaron a combatir en pro de “la libertad y el progreso, que aquella nefasta II República Española proclamó”. Estuvo en el frente hasta terminada la guerra, luego pasó a un campo de prisioneros y de allí y tras meses de penalidades inimaginables, fue “sacado” quizá por ser niño más que hombre y más por cuanto “no pudieron averiguarle nada de contaminación de la derrotada y muy perseguida política roja”. Pero Juan José, volvió herido… muy herido. No, no fue herida de metralla, pero sí que y debido a un brutal “culatazo” recibido en aquel campo de prisioneros, “se dolía de su estómago” y aparte de ello, que combatía con la única medicina asequible (el bicarbonato)… venía herido en el alma y esa herida creció, al regresar a casa y ver el panorama… su cuñado fusilado, su hermana viuda a los diecinueve años… él cuasi un chiquillo, su hermano menor en situación de esa edad en que se va dejando de ser chiquillo para pasar a la adolescencia… el sobrino que aún ni andaba… su madre y con poco más de cuarenta años, envejecida en extremo por las muchas penalidades sufridas… casi desdentada ya (padeció horriblemente de la dentadura, hasta quedar desdentada totalmente y así murió a los setenta y seis años).

Aquel joven, vio que por circunstancias… “era el cabeza de familia” y en verdad que supo asumirlo, durante los pocos años que vivió; puesto que era incansable para buscar recursos para la casa, trabajando en lo que había y donde la avisaban (“lo vi incluso limpiando un pozo ciego o retrete y lleno de mierda hasta donde se puede imaginar”) o yendo al “ancho campo y a la extensa sierra cercana”, a recoger todo cuanto fuera aprovechable, como alimento o combustible… “incluso en aquellos viajes, siempre traía algo especial y cogido a la naturaleza… para aquel niño; al que incluso enseñó ha hacer rústicos juguetes”… niño (hoy casi anciano) que lo recuerda como su segundo padre. Juan José nunca estuvo en cama; él aguantaba sus dolores como podía, puesto que incluso alguna madrugada, se levantaba de la cama y paseaba bajo “aquella única bombilla” de la cocina, dando vueltas alrededor de la tosca mesa, fumando o no (no había dinero para tabaco, muchas veces) y  apretándose el vientre con rictus de dolor, sufría sus tormentos en silencio y en solitario.

Pese a todo ello, cuando llegó la edad “oficial” de la mili… “Franco lo requirió para nutrir su ejército” y no hubo excusa ni pretexto, ni “su enfermedad” fue reconocida… fue llevado a “caballería” y destinado en Sevilla… allí moriría, horriblemente solo, y debido a que fue convencido para ser operado en el hospital militar. Todo ello lo cuento, resumido en mi primera novela y no quiero repetirlo, es terriblemente doloroso y aquel dolor… “también me empapó a mí y de tal manera, que aún hoy sesenta y tantos años después, aún me duele”.

Como entonces, “los quintos” eran obligados a estar durante varios años en servicio obligatorio (Franco quiso mantener un enorme ejército para su propia seguridad y posiblemente, por cuanto Europa estaba en guerra y “había que estar preparados”)… llegó la quinta del hermano menor, estando el mayor en la mili. Quizá se pudo alegar ello y la viudedad y desamparo de la madre (no lo sé) pero también y debido a la dureza, quizá pensase aquel joven (Diego) que en la mili, al menos se comía todos los días y te vestían “gratis”; aparte que ese servicio tendría que hacerlo después… por ello marchó e hizo, el servicio militar en Madrid y de donde volvió, al morir su hermano y alegar la viudedad y desamparo de su madre… hasta entonces, aquellos años duros, fueron mucho más duros para aquella mujer… “el niño no recuerda haber pasado, ni hambre, ni frío… siempre tuvo lo suficiente para crecer sano y fuerte y lo mejor de todo… aquellas manos de su abuela y de su madre… y el calor de ambas… le bastó”.

-Va siendo ya hora de regresar a casa, hija mía, quiero llegar sobre las once y que sobre todo, el niño pueda descansar… aunque se está echando una buena siesta (el niño seguía durmiendo con toda tranquilidad)… pero el camino es largo y cansa, hasta a la “pobre Pepa”… ¿qué hora será?... aunque ya el Sol… “está bajando”.

No supieron la hora, no tenían reloj y en el calor de aquella intensa charla de aquellas dos mujeres; las campanas de las muchas iglesias no fueron escuchadas, cosa que en aquella época era fácil detectar, debido al “silencio”  que en general había en las poblaciones, las que al ser netamente agrícolas…  “la industria auxiliar era poca y por tanto el ruido inexistente”. Los vehículos a motor, igualmente escaseaban y aún proliferaban en cantidad abundante, carros, carretas, arrieros con recuas de bestias de carga y todo el auxilio que prestaban infinidad de ganado mular, principal transporte entre propiedades agrícolas y los núcleos municipales. Sí, había ferrocarril, pero no era ello notable en la mayor parte de España… y en Jaén, siempre fue secundario, salvo en su primera época… “llegado el asfalto y el camión, así como el autocar… el ferrocarril murió o quedó casi muerto”… por la inutilidad de los siempre inútiles políticos, de esta tierra… siempre “pelotilleros” del que manda, sea “del color” que sea.

-¿Me has dicho “mama”, que has venido por la carretera… por donde volveréis?

           -Volveremos por el mismo sitio… ya que “el alquitrán” (la palabra asfalto, no existía para aquellas gentes) es mejor “piso” (pavimento) que la tierra y el polvo, del “camino viejo” y  aunque andaremos más, pero quizá en tiempo ahorremos algo; aparte que con el calor que hace, tengo que prevenir el que bebamos agua en el camino, nosotros y “la bestia”… y por la carretera hay más sitios donde encontrarla.

            Sí… había que prevenirlo todo, hasta el agua de beber… pues aquella mujer, no portaba, ni una miserable “botija de barro”, para llevar provisión de agua para el viaje… todo lo fiaba a Dios y a los hombres buenos… “pues un pedazo de pan y agua para beber, no se le niega a nadie que esté necesitado” (era una de sus “seguridades”) pero antes de salir, “llenaremos bien el buche”, como ya  lo hiciéramos la pasada madrugada al salir de Mancha Real y la verdad, en el camino de venida no hemos necesitado beber hasta llegar a Jaén.

            Resuelta la partida y llegada la hora máxima, que como campesinos sabían calcular, simplemente mirando la situación del Sol, se dispusieron a despedirse. Y tras despertar cariñosamente al niño y este estar dispuesto. Marcharon todos hacia un cercano abrevadero, el que como todos los municipales, tenía agua para beber y aprovisionamiento de los caminantes, se despidieron.

            -Adiós, mama… adiós hijo mío.

            -Adiós hija… adiós mama (dijo el niño).

            Tras unos fuertes y entrañables besos y abrazos, se despidieron… aquellas madres aguantaron las lágrimas, todo lo que pudieron, para que el niño no las viera llorar… y se separaron fingiendo una alegría que no sentían en absoluto.

            Ya en camino y como era cuesta abajo, fueron andando un trecho, hasta que el niño se cansó y aquella mujer lo subió de inmediato en la burra. Fue entonces cuando el niño dijo… “aquel niño se fijaba en todo” y vio los enrojecidos ojos de aquella mujer y su cara chorreando lágrimas, que no quiso secar mientras caminaban en paralelo, abuela y nieto, para que éste no notara nada.

            -¿Por qué lloras madre?

            -No es por nada hijo… es que “el aire” me ha metido una “chispa de algo” en el ojo y es lo que me hace llorar.

            -No, madre… te lloran los dos ojos y tienes la cara “llena” de lágrimas.

            Aquella mujer no pudo decir nada más, simplemente e impulsivamente, bajó a aquel niño de su cabalgadura y sujetando la brida de la misma, se abrazó a aquella criatura y rompió a llorar de la forma que necesitaba y ya sin cortedad alguna… su doloroso aguante, no había servido para nada. Entonces, aquel niño que “tanto había visto llorar a aquellas mujeres y desde que era un bebé”, exclamó en un grito que aterró a aquella buena, sencilla e ignorante mujer, analfabeta total.

            -¿¡Por qué soy yo tan desgraciado Dios mío!?

            Aquella mujer al oír aquello, quedó “petrificada”. Sus lágrimas se secaron de inmediato. Reaccionó de forma automática y separando al niño de su pecho y mirándole a los ojos, le respondió.

            -¡No hijo mío no… tú no, tú me tienes a mí, a tu madre, a tus “chaches” (tíos) y sobre todo tienes a Dios… no hijo mío, tu no vas a ser un desgraciado como nosotros!

            Aquel niño recuerda aquellos instantes como si los viviera hoy y si bien, la respuesta de aquella gran mujer (que lo fue) puede no ser lo exacta que hoy refleja, pero sí el sentido de la misma, por cuanto aquella mujer (ya lo he dicho)… “la sostuvo Dios hasta el último momento de su vida, que como toda ella, fue una constante lucha, valiente y honrada y así la recibió la muerte”. La  que sí es exacta es la exclamación del niño y la que nunca me he explicado, ni trato de explicármelo… ¡Para qué!

            Pero efectivamente… aquel niño tenía su destino marcado, como creo que todos lo tenemos en esta vida y aquel viaje, fue crucial, puesto que “los señores” de la casa donde trabajaba su madre; vieron en aquel chiquillo (que muy espaciadamente seguiría yendo a aquella casa)… y que siempre representó más edad que la que físicamente tenía… “algo”; y luego pasados un par de años o “cosa así”; aquel niño entró en la casa, como “un añadido” más y el que con su trabajo, se ganaría “su pan” desde entonces y hasta hoy mismo… Sí… “Dios escribe derecho con renglones torcidos… muy torcidos muchas veces” y la principal enseñanza de esta vida, es… “aguantar lo que venga”, aprovechando cualquier “cabo” para agarrarse al mismo y proseguir una vida, con la máxima dignidad que se pueda, si es que quiere uno dormir tranquilo.

            Apaciguado aquel enormemente emotivo momento, que seguro; ninguno de los dos protagonistas olvidaría a lo largo de sus vidas; el niño volvió a estar encima de la burra y la abuela y tirando de la cuerda que sujeta a la jáquima, permitía controlar a la bestia, fue un largo trayecto sin hablar ni volver la vista. Seguro que fue llorando un largo trecho de aquel viaje… “pero las lágrimas se secan siempre, más aún aquel día que hizo mucho calor”.

            Pasaron las horas diurnas, el tiempo de anochecida y la parte de noche correspondiente y por fin.

            -¡Las luces del pueblo…”Antoño”… ya estamos cerca! La abuela creo que nunca me llamó Antonio, siempre me dijo “niño” y algunas veces, Antoño… como era la forma deformada de mi nombre y que aquellos pueblerinos, generalmente empleaban.

            Llegaron cansados, muy cansados y tras pasar por el abrevadero y satisfacer la gran sed de aquel día en que tan bien habían comido (tuvieron que entrar en un par de cortijos a que les dieran agua a beber)… llegaron a aquella humilde pero entrañable casa y verdadero hogar humano… y tras tomar “algo ligero”.

            -Vamos a dormir hijo… ya es muy tarde.

            Y aquellos dos seres, con un candil como linterna, fueron hacia el dormitorio donde les esperaba, aquella entrañable “cama grande”, donde aquellos años, siempre durmieron, abuela y nieto; y cuyo calor y “halo” de paz y protección, aquel niño no olvidaría jamás… “posiblemente no estaría nunca en cama más cómoda y segura, como aquella que compartió con su entrañable abuela”… después y al llegar a su ciudad natal, para quedarse definitivamente en ella y durante años, igualmente tuvo que compartir cama con su propia madre… pues en aquella vivienda de “señores”, no hubo cama aparte para aquel niño, que como todos… “fue creciendo”… hasta que la tuvo propia.

  

Jaén: en las mañanas del 14 y 15 de Julio del 2006

 

 

AQUEL OTRO VIAJE Y ENTRE OLIVOS Y OLIVAREROS… “Aceituna y aceituneros”

 

            Aquel año (se decía “año” cuando en realidad la recogida de la cosecha en la provincia de Jaén, duraba desde diciembre a marzo del siguiente año) los dioses fueron muy buenos con aquella masa de hambrientos jornaleros del campo andaluz y les proporcionaron abundante aunque durísimo trabajo. En aquellas épocas (principios de los años cuarenta del siglo veinte) las faenas del campo, eran cuasi lo mismo que en muchos siglos anteriores… “todo o casi todo se hacía a sangre y a cuerpo descubierto ante las inclemencias de todas las épocas del año”… en especial las del verano e invierno, extremas ambas, por cuanto los fríos y calores lo eran y aquellos braceros, tenían que “sudar como condenados (época de siega, trilla y otras faenas propias del estío) o aterirse de frío, en las no menos duras faenas de invierno y es claro; recogiendo aceituna con las manos e incluso clavando las uñas para arrancar las aceitunas que pegadas al suelo, los dueños no permitían que quedara una sin recoger”. La peor faena de todas era precisamente la recogida, que la efectuaban mujeres y niños y en las horas diurnas, aprovechando al máximo la luz del  día. O sea que se empezaba levantando el cuerpo antes del amanecer y cuando apuntaba el sol, ya estaban en camino para llegar pronto al tajo y empezar el trabajo. El regreso era a la inversa… cuando “caía el Sol, se recogían los atos (el ato) y andando para el pueblo, al que se llegaba entrando la noche o ya de noche; dependiendo ello de lo lejos que estuviera el tajo, al que había que ir pertrechados no sólo con alimentos, sino igualmente, los hombres; con aquellas duras varas para el vareo  o “apaleo” de los olivos. Todos abrigados con aquellos viejos trajes o “sayos”  andrajosos y que el que podía, se los ponía “dobles”, para de alguna manera combatir los peores fríos del invierno… que incluso así, proporcionaba abundantes sabañones, en aquellos miembros ateridos y mal alimentados… los que igualmente curtían todos los vientos de todos los meses del año… “No, entonces no había que ir a la playa para ponerse morenos, siempre se estaba morenos, algunos incluso cetrinos, negruzcos, o de mal color”. Los alimentos eran pocos y escasos: aceite, pan, sal, algún bacalao, o sardinas prensadas o secas  (“arengas les denominaban ellos”), bellotas, algarrobas; el que podía, algo de tocino, o morcilla y todo ello de la más ínfima calidad… muchas veces sacado “al fiado” de aquellas miserables tiendas, en las que se apuntaba el débito, hasta tanto cobraban aquellos jornaleros…“había que ir por necesidad y por los mínimos necesarios”. De bebida, cántaros  o botijas de arcilla, con agua, o beberla en el tajo, si por la importancia del mismo, contaba con aguador; generalmente un zagal cuya faena diaria, era ir por agua al pozo o manantial más cercano y que no faltara esta a aquellos esforzados trabajadores, los que una vez entraban “en calor”, sudarían y necesitarían beber agua con cierta frecuencia. El desayuno (almuerzo le denominaban) podían ser una migas de harina de maíz, trigo, cebada, “chorchos” (chorcho/altramuz) o de la que hubiera, si es que se disponía de ella… sino, pues cualquier cosa, que algunos iban comiendo, camino del tajo. ¿La cena?... que cada cual imagine, lo que pudiera ser y si cenaban o no cenaban la mayoría de aquellos desgraciados y desamparados de todo y por todos.

            La recolección de la aceituna, no se podía iniciar hasta que no lo ordenaba el bando que emitía el Gobernador civil de la provincia y que era leído en los pueblos, por aquellos pregoneros municipales, que a voz  en grito; lo pregonaban por plazas, plazuelas, altozanos, esquinas y otros lugares ya predeterminados por el alcalde. Igualmente y cuando se consideraba era el momento; era proclamado otro bando y de igual manera; y el que autorizaba a aquellos pobres seres, a iniciar “la rebusca”; o sea, que antes de que fuesen arados los olivares, se autorizaba a aquellas gentes a que rebuscasen, aquellas aceitunas que bien en el suelo, entre los troncos o grietas, o en las ramas de los olivos, quedaban olvidados y pese a la escrutadora mirada “del jefe en la recolección a jornal”.

En aquellas faenas, los más hábiles, solían llevar costillas de alambre (cepos) o perchas (lazos) efectuados estos últimos con crines de caballería. Los primeros colocados en lugares idóneos del suelo y puesto sobre los mismos, “hormigas de ala” (hormiga antes de emprender el vuelo nupcial) que aquellos campesinos, sabían como y cuando obtenerlas y que guardaban celosamente, en “huecas calabazas”, tapadas con el “troncho” de una mazorca de maíz. Calabazas y otros recipientes, en las que había paja suficiente y algo de alimento, “para que no murieran”; también empleaban otros cebos, tales como un trocito minúsculo de higo “paso” (higo seco) y algunos otros que no recuerdo, pero sí de uno especial y que era el que denominaban “orovivo”, nombre que daban a un gusano que efectivamente, al retorcerse y su cuerpo tener irisaciones metálicas, relucía como el oro y era un cebo muy apetecido por los pájaros. Aquel cebo digo que era especial, puesto que era escaso y sólo los más “expertos” sabían en que matas de yerbas secas, lo encontrarían junto a sus raíces.  Las perchas o lazos, eran algo mucho más especializado y estaban dedicadas a coger al zorzal, que en época de aceituna viene o venía en enormes cantidades, a comer de ellas. Esta trampa era colocada, entre el ramaje del olivo, pero en lugares muy conocidos por el cazados y el que sabía, caso de entrar en el árbol, dónde se posaría y por donde pasaba; y llegado ese momento, el animal quedaba colgado y por tanto ahorcado por él mismo y debido su fuerza impulsora. Con todo ello (que se podía acrecentar, recogiendo espárragos, setas o cualquier otro alimento natural  y lo que había  que hacer, en el descanso de la comida, por lo que aquellos desgraciados tenían que comer “tragando como pavos”) y al terminar las faenas de recogida a jornal, o de rebusca… aquellas gentes, algunas de ellas, con esta caza… “apañaban algo de carne, alimento este bastante desconocido en la mayoría de aquellos miserables hogares, faltos de todo o casi todo, lo imprescindible o necesario”. Alguno tenía un hurón, para cazar conejos; lo que aunque estaba perseguido… “pero el hambre empuja mucho más que las leyes de los humanos”.

La rebusca era, como es de imaginar… ardua y meticulosa; al mismo tiempo poco provechosa o rentable, puesto que el resultado dependía de los kilos que se recogieran y del precio que pagara por ellos el molinero (o almazara); los que como buitres, ya procuraban ponerse de acuerdo para pagar lo mínimo y por descontado, menos que pagaban por la aceituna de cosecha, al cosechero u olivarero. Pero “era lo que había y había que ir al campo a recoger hasta la última migaja útil”.

Hoy y afortunadamente, la recogida de aceituna es bastante cómoda en todos los sentidos y está mecanizada grandemente… hoy no se rebusca y cantidades “enormes” para aquellas épocas a que me refiero, se dejan en los alrededores del olivo y en las camadas del olivar… sencillamente “no es rentable” su recogida; y la rebusca, hoy no se practica, no es necesaria… la gente gana buenos salarios por pocas horas de trabajo; tan es así, que miles y miles de extranjeros, principalmente africanos, vienen cada año a estos trabajos, que como tantos otros… “hoy los nativos no quieren saber nada de ellos”… “se ha pasado pues, de aquella pobreza de solemnidad, al orgullo del que come bien y apenas tiene que trabajar, pues hoy, hay infinitos medios de vivir bien, sin dar golpe”, por tanto se dice el viejo dicho… “¡Que trabaje Rita la cantaora!”.

El avareado o vareo de los olivos, como ya he dicho, se efectuaba con aquellas largas varas, algunas con más de tres metros de largo, de un grueso y de una madera especial; la que dura y apropiada, servía para que con habilidad (había que procurar hacer el menor daño posible al árbol, para que al siguiente diera cosecha) derribar las aceitunas que quedaban arriba en el árbol. Era un trabajo agotador igualmente y en el que como compensación no se pasaba frío una vez “entrados en calor”; por ello los vareadores cobraban más que los recogedores o recogedoras, puesto que en realidad ya era un oficio que había que saber y luego tener la fuerza y resistencia suficientes, como para “aguantar la vara y usarla durante todas aquellas horas del día”, que serían siete u ocho. Pero las que había que aguantas desde el primero al último… zagales incluidos.

Se iniciaba la recolección, recogiendo las recogedoras (eran mujeres en mayoría) los denominados “suelos” y que eran, la parte que hay debajo del olivo, el que y por propia inercia ha dejado caer una cantidad suficiente de aceituna antes de llegar los cosechadores o recolectores; máxime si la temporada es larga y ha habido fuertes vientos. Aquella aceituna por tanto era muy importante el recogerla y se recogía… Hasta no hace mucho tiempo, imbécilmente se mezclaban las aceitunas del suelo, con las que luego se recogían mediante lienzos de las que permanecían en el árbol y al mezclarlas, el aceite conseguido no era de la calidad que hoy se obtiene y por cuanto se separan ambos frutos y con todo cuido y escrupulosidad. Cosa que no es nada nuevo, puesto que griegos, romanos y árabes, ya lo hacían y sabían separar el fruto, para saber a que uso luego dedicarían cada una de las calidades y que empleaban desde como alimento, bálsamos, ungüentos y otra medicinas; hasta para el alumbrado en aquellos antiquísimos candiles que hoy podemos ver en los museos. Hoy y debido a la alta tecnología, se consiguen los mejores aceites de aceituna, que nunca fueron conseguidos.

Tras las recogedoras, que eran apremiadas para que “no se durmieran”… por aquellos manijeros o aperaores; capataces de “los amos” o administradores (que con frecuencia engañaban a amos y siervos, para hacer fortuna;  que algunos la lograban grande, si administraban un latifundio)… venían los hombres, preparados con grandes y pesados lienzos de lona y las mentadas varas. Cubrían con varios lienzos (según corpulencia del árbol) los suelos, tras ello y sin perder el tiempo, avareaban la aceituna, que era recogida en grandes espuertas (“esportones”), luego pasada por la criba (armatoste grande y pesado); seguidamente, pasaba a los grandes capachos de esparto (de cincuenta o más kilos de capacidad) y los que seguidamente, eran llevados “a cargadero”, si las bestias o carros no llegaban a pie de olivo… tras ello y con toda premura, era llevada al molino o almazara… pues en la noche, no se podía dejar en el olivar, por miedo al robo… que hoy mismo se sigue haciendo… “Entonces se robaba por necesidad, hoy se hace por otros vicios: es más, se roban desde las propias almazaras, hasta camiones de aceite y ello, en este año de 2006, que es cuando escribo, se ha hecho con profusión inimaginable”… entonces, un simple robo de unas decenas de kilos de aceituna, le podía costar al desgraciado… “una paliza en el cuartelillo de la Guardia Civil y puede que algunos meses de cárcel, en aquellos tristes penales de entonces”… hoy, los grandes y menos grandes ladrones, son mucho mejor considerados, e incluso se les facilitan… “hoteles que llevan el nombre de cárcel”.

Todo este durísimo trabajo, se efectuaba si el tiempo acompañaba, puesto que si llovía o nevaba (en esta provincia, las temperaturas son extremas y de los hasta más de cuarenta grados en verano, se llega en algunos lugares a varios grados bajo cero, en invierno) y dependiendo de la cantidad de lluvia (cosa frecuente pues son épocas de lluvias e incluso nieves) no sólo se podía perder el jornal diario, sino lo que era  peor aún…  puesto que se podían perder muchos días,  ya que hasta  que “se pudiera pisar” en el olivar, hombres y bestias… el manijero, no autorizaba la continuación del trabajo… entonces, aquellas criaturas y muchas veces, lo que ganaban en pocos días… “se lo iban comiendo en los de no trabajo”; puesto que día no trabajado… que nadie ni imaginara siquiera, podía ser compensado con nada… “eran las leyes del campo”.

Me han preguntado a lo largo de mi vida, bastantes veces, el cómo se consigue un olivo, puesto que hasta hace bien poco, el olivo no gozaba de atención en los viveros de múltiples plantas y frutales… “era un árbol desconocido y creo que despreciado”… hoy hasta se aprovechan, los ejemplares centenarios, que hay quienes saben extraerlos con cuidado, de su lugar de nacimiento y luego cuidados con todo esmero, saben recuperarlos en enormes recipientes de caucho o plástico y así, son transportados a lugares donde los pagan, a precios enormemente altos… ello en países extranjeros, donde saben valorar la longevidad y belleza de estos… “fortísimos árboles”. Por todo ello contaré, el cómo se conseguían entonces aquellos olivos.

Cuando se efectuaba “la corta” (poda) se iban separando trozos de madera verde (aún sin corteza rugosa) y del grueso del brazo o antebrazo de un hombre y más o menos de igual largo. Aquellos trozos se conservaban, cubriéndolos de tierra húmeda para que no perdieran nada de su fuerza natural y llegado el momento, eran plantados de forma longitudinal, siempre más de uno y hasta cuatro o cinco (de ahí que existan olivos viejos de uno, dos, tres y cuatro pies) para evitar la nulidad de la plantación si fallaba alguno, cosa poco probable, puesto que el olivo es fuerte… “aún antes de nacer”. No, no se empleaba el hueso de la aceituna, como semilla, puesto que el resultado no es bueno, aparte de que tardaría mucho más en llegar a olivo adulto. Entonces, creo recordar que el olivo no empezaba a ser rentable, hasta los quince o veinte años de “su nacimiento”. No existían los adelantos de hoy, para que crezcan y fructifiquen a la velocidad de hoy. En aquella época y  en mi tierra a aquellos olivos jóvenes, se les denominaba, “estacas”.

Tenidas estas maderas ya preparadas, el dueño de la tierra calma en que se iban a plantar y la que tenía que dejar de producir otros cultivos; se contrataban aquellos braceros, los que armados con azadones, picos y espuertas (“ni empleaban palas siquiera”) iban cavando grandes hoyos, de aproximadamente dos por dos metros de diámetro y casi otro tanto de profundidad y en aquellos hoyos, que con la tierra que de ellos se extraía, se convertían en una especie de grandes embudos cuadrados… eran depositados cuidadosamente aquellas verdes maderas, cubiertas en la proporción adecuada… y “dejadas allí” de la mano de Dios, puesto que casi todo aquel olivar nuevo, era plantado en secanos y al no existir ni tractores ni remolques, no era pensable (por el enorme costo) el regarlos periódicamente… “el cielo los regaría”; y aquellos olivos en potencia y debido a que cuando llovía, aquellos “embudos” recogerían mucha más agua que la normal… ¡Nacían!... y algunas veces, todos y cada uno de aquellos trozos, se convertían en varios brotes, que a lo largo de los años siguientes se irían cuidando y seleccionando, para ir dejando los “vástagos” (o estacas) más fuertes y por tanto resistentes, para que se convirtieran en… “pies de olivo”.

Cuando ya eran suficientemente crecidos, entonces se rellenaba el pozo con la tierra de alrededor, e incluso aquel que tenía ganado, procuraba irle echando algún estiércol para vigorizar aquellos nuevos olivos.

¡Sí!... “hay mucha sangre sudor y lágrimas”, en esos viejos olivos que hoy admiramos en el campo; la mayoría de ellos, fueron obtenidos, con esos materiales… “sangre, sudor y lágrimas”… ¡Y aún hay imbéciles que dice que el aceite de aceituna es caro!... “pobrecitos ignorantes que pagan a peso de oro, cualquier chuminada”.

En los ya viejos, se realizaban dos labores (o tres) a lo largo del año y tras la recogida y arado; una, la denominada “cava de pies”; se trataba de cavar con azada los lugares cercanos a los viejos troncos y que el mulero y su arado no araban, sencillamente por cuanto ello no era posible. Luego venía el desbaretar, arrancando las vestugas o varetas (así, se denominaba en mi tierra madre, su nombre es vestugo) y luego, aquellos “más curiosos”… mandaban hacer “los ruedos”, que era el acondicionar todo el círculo que cubriendo las ramas del árbol, permitiría luego el que la aceituna fuese mejor y más minuciosamente recogida… y el tiempo natural haría lo demás, puesto que olivar de regadío (“a manta”) era escaso en términos generales. También había una compensación, puesto que la aceituna de secano da mejor aceite y por tanto se pagaba mejor que la de regadío.

De aquellas viejas almazaras o molinos aceiteros, se aprovechaba todo, como hoy se hace, pero más rudimentariamente. El orujo era llevado a fábricas extractoras, del que extraían otros aceites y subproductos, sirviendo el sobrante u “orujillo”, para hornos de cal, cerámica y otros. Pero había unos sobrantes “incontrolados” y que algunas de aquellas pobres gentes, aprovechaban… se trataba de los pequeños sobrantes, que junto a las aguas de las almazaras, iban a las cloacas o a las acequias cercanas a las mismas, aquellas jamilas negras, salían con algunas grasas de tipo inferior (turbios) y aquellas gentes (“los turbieros”) se instalaban en donde “manaban” aquellos residuos y hacían pozas con cañas, arreglando el cauce para que el agua circulara mansamente… y en aquellas cañas, se iban deteniendo, aquellas masas o “masotes”, que estos seres (que se ensuciaban en demasía y olía a “podemos imaginar”) iban recogiendo y luego venderían a las fábricas de jabones, comunes y para lavar ropa y que en casi todos los pueblos había. Sí, hoy puede sonreír el que no sepa de aquello, pero puedo decir que… “había bofetadas”, por coger los primeros metros de aquellos cauces, para recoger la mayor cantidad,  ya que puesto conseguido, era considerado propiedad de por vida, de aquel que lo consiguió… cauce abajo, habría otros recogiendo lo que quedara “flotando”… y entre lo que flotaba, imaginemos que había, hasta excrementos humanos.

Terminada la principal faena, o sea la de la recogida… el último día, en muchos tajos se celebraba, lo que se denominaba… “el remate” y al que me referiré con detalle, al final de este relato.

Aquel año de buena cosecha, “todas las manos y brazos” fueron necesarios para la recogida y así, niños, viejos y viejas, incluso ancianos, fueron a coger aceituna. Incluso las madres con niños pequeños (“criaturas incluso mamando”) fueron a los tajos y mientras las madres o abuelas, recogían aquel negro fruto; aquellas criaturas quedaban bajo algún olivo y al cuidado de “los mayores” (hermanos, primos o amiguitos, de no más de seis o siete años) los que mientras jugaban entre sí, vigilaban a aquellas criaturas y de la forma que entendían o podían; avisando a sus madres o abuelas si algo necesitaba la presencia de ellas, las que siempre estaban a no más de cincuenta o cien metros de “aquellas alegres proles”.

Fue así, como yo “disfruté” de unos días de “aceituna”… puesto que con alrededor de cuatro años, aquello fue para mí, el “no va más” de nuevas aventuras… el correr libremente entre los olivos, subir a ellos, perseguir a los pájaros, ver nuevas flores y plantas (todo me era interesante en mi insaciable afán de saber)… jugar con aquellos otros niños y niñas, pelearse… idear travesuras inocentes y en fin, pasar un día pleno de felicidad inenarrable para mí… aunque y como es de suponer, juguetes no había… pero ello lo suplía la imaginación y la inventiva de cada cual… “inventando caballos, espadas y otros entretenimientos, que nos facilitaban, las simples ramas del olivo, que caían al suelo, tras algún brutal apaleo”.

Mi madre y mis tíos fueron contratados en una gran finca, posiblemente la de mayor extensión de olivar centenario y que distaba del pueblo, unos veinticinco kilómetros, por lo que aquellos tuvieron que quedarse a dormir allí, mientras duró la recolección. Esta finca se denominaba “La Laguna” y se decía que en su conjunto, tenía ciento veinticinco mil olivos, también una gran laguna dentro de la misma (de ahí el nombre) y perteneciente al municipio de Baeza, lindaba con el río Guadalquivir.

He dicho se denominaba, puesto que en principio era de un solo dueño, luego fue partida en dos y comprada por un potentado español. A la muerte del mismo fue dividida en tres partes y luego éstos, han sido parcelados y hoy se encuentra dividida en cientos de propiedades menores, si bien se mantiene el nombre y edificación “señorial”; hoy dependiendo del aparato oficial, que debió comprar… la principal edificación de tan gran latifundio, que igualmente se denomina “La Laguna”, hoy convertida en museo y escuela de hostelería; pero en los años a que me refiero, creo recordar aún era… “la finca de La Laguna” y en su interior, había varios cortijos, aparte del ya citado y principal.  Todos ellos pertenecientes a un “noble” de estirpe española.

Y a uno de estos y por circunstancias, tendría yo que ir para pasar un par de días con mi madre, asistir “al remate” y regresar con ella y mis tíos, a la casa de la abuela, todos contentos y felices, puesto que había sido un buen año “para todo el mundo”.

A tal efecto y aprovechando cualquier “combinación”, subió a Mancha Real, mi tío Juan José, el que posiblemente hiciera el viaje (en la burra, propiedad de la familia) y de noche. Mi abuela me preparó como “un paquete” (frase cariñosa para significar lo limpio y bien vestido de un niño); incluso me había comprado una “bilbaína” (así era denominada por aquellas gentes, la boina) para que fuera abrigada la cabeza y por descontado, me pusieron las ropas “más decentes”, para que mi madre me viera “guapo”.

Ni que decir el contento de aquel niño, por aquel viaje y por ir a ver a su madre a aquel “lejano cortijo”. Salieron tío y sobrino y la “vieja Pepa”… aquella dócil y muy necesaria burra y a buen paso, sin prisa pero sin pausa; iniciaron el camino muy temprano, nada más amanecer. Yo hice el viaje, casi todo él, subido en la burra, mi tío marchaba unas veces delante, tirando del ronzal y otras tras de la bestia. Pero en un momento… oí un grito… ¡¿Niño y la “bilbaína”?!

Yo no respondí nada; por lo visto en mi ensimismamiento y viendo los amplísimos horizontes, de la campiña, el olivar y las cercanas sierras y lomas… mi pequeña alma, tenía suficiente alimento como para ni preguntar nada y menos notar que se me hubiese caído la boina, que es lo que ocurrió y aquello era “un pequeño drama”, para mi tío, el que no se percató de ello, puesto que debió ocurrir en uno de los intervalos en que iba tirando del ronzal de la bestia.

Mi tío Juan José, volvió un trecho de la carretera (pues íbamos por la carretera asfaltada) y sin perderme de vista, volvió al rato sin encontrar “la gorra”; por lo que tomó una decisión y metiendo la burra en la cuneta y en un lugar donde podría pastar jugosas yerbas, ató al animal a un arbusto y me dijo.

-No te muevas de “encima” de la burra; boy a ir corriendo hacia atrás, para ver donde se te ha caído la gorra, puesto que no debe hacer mucho tiempo… no te asustes, no temas, que vuelvo enseguida.

Yo no dije nada, no pude decir nada, pues dicho aquello, mi tío echó a correr desandando el camino y no se lo que tardó en volver; si que llegué a estar muy asustado en aquella soledad, donde nadie me interrumpió… pero no llegué a llorar, puesto que pasado el tiempo que fuere (“para mí una eternidad”) vi venir corriendo a mi tío, el que levantaba un brazo agitando la gorra, que había encontrado. Llegado y contento, me colocó la boina, que ajustó “hasta los sesos”, y ya hasta que llegamos a destino, no nos perdió de vista, tanto a la gorra como al sobrino y felizmente llegamos a aquel cortijo.

Cortijo que se encontraba lleno a rebosar de “aceituneros”, los que apiñados o “acuartelados”, en todas y cada una de aquellas destartaladas habitaciones, que no contaban ni con agua corriente, ni con luz eléctrica (“los otros servicios era simplemente ir al olivar y con ello abonarlo con abono orgánico”) todos sonreían “felices” y celebraban la llegada, de aquel diminuto invitado al que festejaban con el contento de aquella infeliz madre (viuda a los 19 años) que se abrazó fuertemente al niño y lloró… si bien de alegría por poder pasar aquellas horas juntos; puesto que fueron horas.

El día de llegada, ya habían quedado los tajos, a punto de “remate” y pese a que en aquella enorme finca, la recogida era como la hacían los árabes, o sea “a ordeño” para que los árboles no sufrieran nada. Para ello la propiedad contaba con enorme cantidad de escaleras de madera, más o menos pesadas y que habían de transportar a sangre, aquellos recogedores y a lo largo de toda la faena. El fruto era recogido por carros tirados por fuertes mulos y llevados al cortijo central (La Laguna) donde existía una almazara que era empleada exclusivamente para la producción del latifundio y cuyas instalaciones, eran iguales o similares a las de tantos y tantos pueblos olivareros.

El remate, coincidía con el último día en que la jornada no era completa y ya se preveía, que sobrarían unas horas diurnas para celebrar en el propio tajo, aquella modesta fiesta que era conocida como “el remate” y pese a ser trabajada sólo en parte; los aceituneros recibían el jornal completo y el propietario del olivar, ofrecía una comida extra y donde sería abundante el vino blanco de Valdepeñas o de La Mancha (“vino peleón”). Por tanto acabado “el tajo”, ya algunos habían empezado a preparar la gran fogata o lumbre, donde sería guisado un arroz u otro “guiso”; con abundante carne, procedente de “los corrales de la finca” (conejo, pollo o cerdo) y al que serían llevadas damajuanas (garrafas) de arroba (16 litros) del citado vino y esa era la gran “comilona”; o sea plato único y vino “hasta hartarse”… nadie piense en postres, vasos, cuchillos, tenedores y otras “cosas raras para aquellas gentes de entonces”. Se comía en la gran sartén o caldero donde se guisaba, en el clásico… “cucharada y paso atrás”; se bebía “a gañote” en botijas, cantimplora u otros recipientes y así, hasta “hartarse”; por lo que no era extraño, el que alguno (nunca las mujeres, que eran más precavidas) agarraran “la gran cogorza”. Después del ágape, celebrado en pie y sobre “los manteles de los  duros surcos de la tierra del olivar”… se cantaban y bailaban, canciones sencillas y con alguna picaresca, se contaban dichos o chascarrillos y chistes y en fin; se terminaba felizmente y sin incidentes… “agradeciendo al aperaor, manigero o dueño, aquel regalo”.

Yo viví aquello, sentado bajo un olivo y donde mi madre, me llevó abundantemente de aquel guiso, en un platito de porcelana (sobre metal, para que nunca se rompiese), y que me habían comprado; y el que aún recuerdo, puesto que en el fondo figuraban “los tres cerditos del cuento”. Y así, cómodamente y cucharada viene y otra va y bebiendo agua, puesto que el vino “era cosa de mayores”, me puse “como el Quico” (palabra de la tierra para decir el estar satisfecho en extremo) y luego fui espectador del jolgorio que siguió a aquella comida… “posiblemente la única abundante en todo el año… de aquellos esforzados braceros o campesinos sin tierra”. Los que aquel mismo día cobraron todos los jornales de aquella “temporada”.

Dormí aquella noche, pegado a mi madre, en el jergón de que se disponía y a la siguiente mañana, los cinco… mi madre, sus dos hermanos, yo y la burra y todos los enseres que habían llevado para aquellos meses en el latifundio… regresamos a casa, donde la abuela y con sus grandes brazos y su radiante rostro, nos abrazó y besó a todos… “se reunía la familia aquel año y por última vez… luego vendría la dispersión y la muerte de alguno, las tragedias en aquella familia, no habían acabado aún”.

 

En Jaén y en las mañanas del 24 al 27 de Julio del 2006

 

 

 

RAIGONES PARA LA LUMBRE

 

            Va a perecer que es  algo inventado y que ocurriera hace siglos, en esta parte del norte de Andalucía; pero no, fue como si dijéramos ayer… puesto que… ¿qué son sesenta y tantos años en la historia del hombre? Sí, fueron aquellos calamitosos años de la pos guerra civil española, aún no había llegado 1945; que es cuando me ponen a trabajar  en una droguería perfumería, de mi ciudad natal… ¿qué años contaría yo?, supongo que alrededor de seis; pero hoy y en mi vejez, lo recuerdo nítido claro como la luz del día y a sí lo cuento.

            Habíamos “planeado” aquellos chiquillos, el ir por “raigones” (raíces del olivo, que el arado corta y deja al descubierto, en el surco;  raigón: palabra andaluza, de mi tierra y recogida en el diccionario (vocabulario andaluz) de Antonio Alcalá Venceslada: 676 páginas, tamaño folio). Era invierno y hacía frío, no había combustible en las casas (casi nunca lo había), para simplemente guisar o cocer aquellos miserables potajes que había que comer (el que podía) entonces; y  “chicos y grandes”, tenían que salir al campo a “recoger lo que encontraran” y que iba; desde los chaparros de la sierra, el ramón que dejaban los “cortadores”, en las camadas del olivar en tiempo de la poda (la leña recia era valiosísima y los dueños la guardaban o vendían)…verduras silvestres y comestibles; frutas silvestres o “robadas”; pájaros cogidos mediante “perchas” (lazos) o “costillas” (cepos)… algún conejo o liebre (pocos, puesto que no tenían armas para cazarlos) que mediante trampas o lazos se pudieran coger; y en fin… “todo, absolutamente todo, lo que representará calorías comestibles o combustibles”… niños había, que incluso recogían “las cajoneras” (excrementos) de las acémilas, que al salir de sus cuadras, iban dejando a su paso hacia los campos… y ellas eran vendidas por unas “perras” (perra gorda: décima parte de una peseta) a quienes las compraban, para abonar su olivar o huerta (se decía huerta, no huerto). Y aunque suene a “risa” lo de “habíamos planeado”… era cierto esa miserable estrategia, para obtener aquella “leña”; necesaria por demás; puesto que  había que saber, qué olivar u  olivares serían arados, el día exacto de ello e ir tras el “mulero” (hombre que cuida a los mulos y  en yunta, los unía al arado romano, arando con ellos) y seguirlo para ver dónde “levantaba el raigón”.  El duro y milenario olivo, tiene muchas raíces a poca profundidad y que “suben”, para con sus capilares, recoger la nutrición de la lluvia y energía que del padre Sol, recibimos todos… “sabia naturaleza y que tanto  nos enseña”.

            -¡Me han dicho que están arando en “Matacas”! (paraje no muy cercano al pueblo y municipio conocido como, Mancha Real).

            Aquellos chiquillos y de inmediato se organizaron, para que a la mañana siguiente, ir todos en grupo, a recoger la “segura” leña, que esperaban encontrar. Fueron un grupo de cuatro o cinco… entre ellos yo mismo, aunque recuerdo que había uno aún menor que yo. Todos “pertrechados” con aquellas viejas espuertas de pleita de esparto y sujetas, por igual fibra vegetal que aquellos campesinos, encontraban en determinados parajes, y que igual que lo ya descrito; era recogido como materia prima imprescindible y para trabajarla, en aquellas muchas épocas en que no habiendo trabajo para el jornalero,  éste tiene que aprovechas su tiempo en todo lo que pudiera “ahorrar dinero a la casa, dinero que se dejaba sólo para las cosas de comer y poco más”… y “ese poco más, dejo al  lector para que lo imagine, pero pensando que el médico, es lo último en que pensaban aquellas pobres gentes”. Sencillamente por cuanto no podían pagarlo.

            Debo decir que el esparto, es una gramínea silvestre y cuyas “hojas” recogidas con no poco esfuerzo y molestias (hacían llagas que incluso sangraban, en las manos de aquellos pobres diablos, que ni pensaban existieran guantes y menos podrían comprarlos); llevadas a la casa; parte de ellas, eran echadas en agua, luego machacadas con una gran maza de madera y golpeando sobre piedra, para “ablandarlas”  y hacerlas manejables. Con éstas se hacían todo tipo de cordelería y que iban, desde “la tomiza, a la soga” y según cada cual dominaba el arte. El resto de hojas sin tratar, era empleado en tejer “pleita”, la que con un ancho de diez a quince centímetros; confeccionaban los que sabían hacerlo; y con esta “durísima tela”, a su vez se confeccionaban aquellas espuertas, esportones mayores, esteras, serones para caballerías, capachos para la recogida de la aceituna, capachetas, “esponjosas en su gran dureza”, redondas y bastante grandes y las que se hacían para las prensas, de los molinos aceiteros: aquellos que con la fuerza del vapor o eléctrica, prensaban ese luego reconocido, como “oro verde” y que es; una de las mejores medicinas y alimento para el cuerpo humano, amén de materia prima para la obtención de infinidad de productos; todos sanos y buenos para el hombre.

            Aquellos muchachos salieron a  la carretera y  lo primero que hicieron fue ir  a beber agua, en la “fuente nueva” (caño para suministro  humano (no había agua corriente ni servicios sanitarios en  la mayor parte del pueblo) y abrevadero para bestias)… y se dirigieron allí, para llenar su panza con la máxima cantidad de aquella agua, puesto que sabían que en el transcurso del día, quizá no encontraran otro “aguadero” y aunque hacía frío, sabían que  la sed y a lo  largo del día, se presentaría y por causa lógica. Aquellas criaturas y desde pequeños, aprendían a “sobrevivir”… cosa que luego después, nos sería de enorme utilidad a  muchos de nosotros… “otros no, desgraciadamente y luego lo hemos visto reflejado, en las fofas nuevas generaciones, a las que les dieron todo, sin enseñarle el valor real de las cosas”. Pero volvamos a la expedición de aquellos diminutos exploradores, es busca de leña y los que como es  de suponer, llevaban como abrigo, precarias y muy usadas “prendas” de burdas y ligeras telas, por lo que los sabañones en los dedos de pies y manos y en las orejas, no eran extraños, en la epidermis de aquellas y otras criaturas mayores.

            ¿Comida para el día?... algún “cacho” de pan, más o menos duro y más o  menos grande, según posibilidades de  “la casa”; o trozo de bacalao, del más “barato” que en aquellas miserables tiendas vendían, para los pobres… o de tocino blanco, aquel que podía costear aquel “manjar”, hoy despreciado o prohibido por los  médicos, pero entonces aquel tocino, con “costra de sal”… “era el caviar de los pobres jornaleros”, “alguno de aquellos mendrugos de pan, era rociado miserablemente con aceite y luego con abundante sal gorda”. Yo recuerdo que llevé “algo extra”; puesto que la entonces  novia de mi tío Diego, era sirvienta (hoy empleadas de hogar) en “casa rica y poderosa” y que de sus posesiones, recibían abundantemente, nueces e higos pasos o secos… y de ellos, aquella buena “tía  Encarna”, siempre que iba a verla, me llenaba los  bolsillos de aquellos manjares… y esa fue mi comida aquel día, una docena o quizá menos, de aquellos higos y nueces y un poco de pan… “aquellos higos y nueces, hicieron saltar los ojos de mis acompañantes, pero eran épocas en que cada cual comía de lo suyo, sencillamente por cuanto había poco  que repartir”… quizá diera a algún “allegado”, algún trocito de higo o de nuez, para que lo probaran; pero “unidad entera, ni se me pasaría por la cabeza”.

            Iniciamos el  largo camino y pasamos junto a las paredes de aquel tétrico cementerio y donde me dijeron que “mi padre estaba enterrado”, pero cuyo lugar ni sabíamos, puesto que aquellos canallas, procuraron no dejar huella de aquellos crímenes y de aquellas docenas o centenas de cuerpos fusilados, que luego supimos, estaban en fosa o fosas comunes… ¡Perdónalos  Señor!

            Recuerdo que saliendo de la carretera, enfilamos un carril y de inmediato tropezamos con un talud rocoso, donde había cuevas naturales habitadas por seres humanos…  ¡Son los “mauros” o los “gitanos”! (alguno dijo). Pero eran seres humanos y yo los recuerdo hoy, como algo de “épocas antediluvianas”; puesto que apenas vi, algún ser humano; sucio y desgreñado  y alguna columna de humo que salía del interior de aquellas oquedades. Después pasamos por un puente de mampostería y continuamos nuestro camino, el que hoy no sé definir lo largo del mismo; pero seguro que cubre varios kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Sí que recuerdo a aquel mulero, que aferrado al metálico arado y apretando para que se clavara su reja a la profundidad necesaria; arreaba a las bestias con su potente voz, e incluso con el látigo o “tralla” (que llevaban colgando del cuello, para tenerlas siempre a mano)… si éstas no eran suficientes.

            Las voces de éste rudo hombre eran como es de suponer… “las de un carretero” y a  las que las bestias empinaban las orejas, clavaban en tierra sus cuartos traseros y tiraban con fuerza; y si con las voces, respondían el mulero; éste y sin soltar el arado, que sujetaba con la mano izquierda, hacía restallar la tralla, por encima de las orejas de aquellos duros animales (a los que la humanidad debiera dedicar junto al burro, monumentos de agradecimiento, por cuanto representaron de ayuda para el hombre)… y si con estos dos avisos no bastaba, entonces y seguido de un fuerte denuesto (“me cago en tu padre, la madre que te parió, etc.) pronunciado a grito pelado; entonces y sólo entonces, empleaba el látigo, sobre “el culo o lomo” de aquellas sufridas bestias. Era por lo que una vez domadas, aquellas mulas… “solían ser obedientes para sus cuidadores”… aunque más de una, mató de una coz, a aquellos cuidadores descuidados; puesto que sabido es, que “bestia que pinga, hay que guardarse de sus patas traseras”.

            Pero ¡Oh maravilla!... aquellos rudos hombres del campo, en sus duras labores, tenían fuerzas hasta para cantar “al viento” y  lo hacían en cualquier época; pero lo inexplicable para mí es entender, el cómo aquel mulero podía cantar (los vi en mas de una ocasión) aferrado y aguantando el peso y control de aquel pesado arado… “hoy las labores del campo, se han dulcificado y humanizado en gran manera y afortunadamente”.

            En aquella época y en el bendito silencio del campo y sobre todo del olivar, dónde sólo se oían aquellas voces ya descritas y en época de arado, y los secos golpes del “cortaor”, que con su hacha aquellos también fuertes y duros hombres, producían en la corta de los viejos troncos o en el desastillado, para sanearlos de pudrición y parásitos de los más gruesos o “pies de olivo” y el propio “canto del campo”, era el ruido natural; hoy inexistente, por al gran invasión de motores de explosión y de todo tipo.

            Pues bien, aquel hombre cantaba a pleno pulmón, lo que yo hoy entiendo como un “palo” del cante flamenco, concretamente un profundo fandango. Fandangos y otros cantes que brotan desde las inmensidades del alma humana, que canta a todo el Universo. Su letra más o menos era ésta y así la recuerdo.

            ¡¡ A la “mare” (madre) de mi arma (alma)… por qué te la has llevao (llevado) Dios… a la mare de mi arma… a la que tanto yo quería… por que te la has llevao Dios… una noche mientras dormía… vino el viento y se la llevó… por qué te la has llevao Dios… a la mare de mi arma… por qué te la has llevao Dios… una noche mientras dormía!!

            Y más o menos, lo repetía varias veces… incluso en intervalos de silencio o de denuestos a las bestias; o haciendo restallar la tralla y con ese chasquido bucal, que los gañanes y arrieros, animan a sus bestias… luego volvía a aquel cantar, que sonaba como una gran plegaria en la inmensidad de este templo maravilloso, cual es el campo; y el que cierra la bóveda celeste, como cúpula maravillosa para enmarcar a ese desconocido Dios… “o como se llame”, pero el que existe, y ello es tan verdad como el que yo escriba hoy esos recuerdos que ni sé por qué lo hago… “pero algo me dice, que debo hacerlo para que no se pierdan”.

            Llegamos al lugar citado y efectivamente, allí habían arado y afortunadamente, no se habían adelantado a nosotros, “otros buscadores de raigones”; por lo que desplegados, cada uno por una camada (espacio que separa dos olivos) y en meticulosa exploración de aquella tierra; fuimos buscando y encontrando los suficientes raigones, para con ellos, llenar con colmo nuestras espuertas; las que sujetas por aquel ramal y sobre nuestras espaldas, no permitieron volver encorvados y muy cansados, a nuestros hogares… donde nos recibieron con sonrisa de agradecimiento… ya era de noche cuando volvimos, por tanto habíamos empleados unas diez horas o más, en aquel trabajo. Es comprensible que dirimiéramos “como troncos” toda la noche.

            Habíamos quedado contentos y satisfechos por haber aportado nuestra utilidad. En aquella busca de leña, proseguiríamos algunos días más, hasta que el “filón” se agotase y encontrásemos uno más, para proseguir en la labor.

 

Jaén: de diez a once y media, de la mañana del 10 de Julio del 20

 

¿Continuará?... "depende de mis ganas... hay mucho más"

 

 

 

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