Nº 3

MIRANDO LA CORRIENTE

            Cuando escribo han transcurrido exactamente dos meses desde que cayera la última gota de lluvia, “donde yo mido la misma desde hace varios años”. Antes de aquel cinco de enero había medido la muy prometedora cantidad de 202,5 litros de agua caída del cielo, desde que empieza el año agrícola (uno de octubre) por lo que teniendo aún cinco meses por delante, la ilusión de un Nuevo año lluvioso creo que era el sentimiento de esperanza de muchos jiennenses, más aún de los que tienen campo y olivos.

            Pero se detuvo el tiempo lluvioso y aquel cinco de enero, “los Reyes Magos nos trajeron una ya larga sequía”: triste sino el de estar cuasi siempre “mirando al cielo y sus nubes de lluvia”, pues aún cuando dependamos siempre de ellas, pero es claro que al igual que se guardan alimentos, dinero, joyas y “otras cosas”; debiéramos guardar agua suficiente como para no tener problemas en cinco años naturales, puesto que puede hacerse ello y más aún en las cuencas y valles tan abundante en nuestra provincia.

            No me voy a reiterar en cuanto ya he repetido hasta la saciedad, dejando en evidencia la inutilidad de cuantos políticos han pasado por aquí, desde que se fueron... “los romanos y los árabes”, a los que por cierto les debemos cuasi todos los sistemas de aprovechamiento de aguas, que han aguantado hasta éste siglo que por fín, “ya se va”.

            Por tanto prefiero “contarles un cuento”, pues cuento y fantasía fue ese día que cito al principio y en el que me detuve a hablar con el agonizante río, que cuasi a diario veo al pasar camino de “mi pequeño huerto”.

            Heme aquí, pues, detenido y apoyado en el pretil de ese viejo puente, el que desde siglos atrás “está viendo pasar y aguanta las continuas riadas que inexplicablemente pasan bajo sus tres ojos y van a desembocar en la mar”.

            Es claro que el río es el Guadalbullón y el puente el denominado, de tablas, aún cuando ya hace siglos que fuese construido con buenos sillares de dura piedra y adornado (incluso) de forma recia y bella, como corresponde a una obra bien hecha y que fue pensada para que durase siglos.- Lástima (dicho sea de paso) el estado actual del puente y sus alrededores, por la desidia municipal y el gamberrismo de algunos salvajes que pululan por tan bello y entrañable lugar.

            Bueno, vuelvo al pretil y mi charla con el río. Aún cuando y como es lógico “los ríos no hablan”, pero de alguna manera se les entiende y es claro que tienen su lenguaje, en el que demuestran sus sentimientos de furia, fiereza, paz y tranquilidad, transportadores de vida e incluso gimen cuando llevan la letal muerte o se sienten moribundos, cuando como en este caso, les falta su vital líquido elemento.

            Por ello yo con el pensamiento me comuniqué con el río, nuestro río, el que tristemente me comentó muchas cosas, muchos abandonos, muchas incapacidades de los responsables del mismo. Me habló de sus abandonados cauces y suciedades acumuladas en los mismos, amén de las malezas y maderas “muertas”, las que aguardan algunas nubes furiosas y que otra vez, todo revuelto en forma de ”una infernal sopa”, arrastre todo cuanto encuentre a su paso, como ya ha ocurrido, “puentes arriba”.

            Me contó que, “el sabe, donde embalsar sus aguas y que cuando llegan épocas como las de ahora, una regulación apropiada, mantendría un cauce normal, pues me dijo que “se está muriendo de sed... que incluso se mueren  de sed, las tortugas del Galapagar “, que se muere el mismo, pues ya sólo le queda “un hilo de vida” (un hilo de agua) y que allí no aparecen técnicos y proyectistas, que allí sólo van... “basuras y en gran abundancia”... Pobre río, lo dejé llorando sobre su exiguo caudal.

 

lunes, 17 de diciembre de 2000

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