Nº 31

 

 

LOS NARANJOS Y JUAN

(Dedicado a Juan Castellano de Dios)

            Estamos en pleana primavera, es Semana Santa y de alguna manera hay que buscar la paz (exterior e interior) y por ello hoy me dedico a escribir un artículo que, seguro estoy, va a gustar a muchos que lo leerán con satisfacción y agrado; y más aún,  aquella persona a  quien en especial, va dedicado.

            Son algo más de las diez de la mañana y hace un sol espléndido y por tanto un cielo azul “tipo Jaén”, o sea limpísimo; el clima es verdaderamente primaveral cosa esta poco usual en nuestra tierra, donde las oscilaciones en las temperaturas ambientales, son de tal grado que para qué comentarlas, puesto que de un día a otro la diferencia pueden ser diez o más grados. Aquí conocemos desde los cero a los cuarenta grados.

            Paseo como tantas veces y en cortos recorridos, por las viejas calles de Jaén; me fijo en la calle reja de la capilla, donde existe un doble balcón antiguo, el que enmarcado en flores, plantas y alguna enredadera, denota la sensibilidad de la persona que lo cuida, puesto que llevo observando el mismo, muchos años. Hoy el cuido de plantas en balcones y terrazas, brilla por su ausencia, puesto que la ajetreada vida “normal”, impide el que las plantas sean cuidadas y la mayoría de habitantes pasa de ello y a lo sumo (supongo) si adorna con flores, serán del tipo; “muerto o artificial”.

            Sigo bajando las calles que me separan de la alameda, que es donde marcho y al trasponer el viejo vano de lo que antaño fuera “Puerta del Angel”, recibo con agrado un exuberante aroma del azahar; reparo en los varios naranjos que existen entre dicho vano y el también antiguo y monumental abrevadero y me acerco a los mismos, para precisamente recibir aún más fuerte, esa muy agradable fragancia de la flor citada y la que veo en enorme cantidad y en mayoría, abiertas expandiendo su penetrante aroma.

            Y es entonces, cuando sonriendo, me viene a la mente al ya viejo amigo Juan; el que curiosamente nació y vivió muchos años en éste entrañable barrio de S. Ildefonso.

            Juan; enamorado de nuestro Jaén, siempre se preocupó hasta de los detalles mínimos de nuestra ciudad natal y no sólo se preocupó, sino que por el contrario, trabajó incansablemente por el cuido, la belleza, armonía y la conservación de viejas calles, viejos rincones y viejos edificios, para que no desaparecieran éstos últimos. Incluso llegó a adquirir y conservar uno cercano a la Catedral y con el loable deseo, de que no fuese derribado. Lo conservó mientras pudo y al final, lo tuvo que “ceder” para que unas obras de remodelación lo transformaran en viviendas, pero afortunadamente ello ni se nota desde su exterior... antes, él y todos, sabemos, cuantos edificios que no debieron morir, “murieron o fueron matados a grandes bocados de excavadora”, para luego y en el solar, edificar “modernos” edificios que durarán en el tiempo, mucho menos que los derruidos sin piedad alguna.

            Es claro que el lector, “metido en las cosas de Jaén”, ya sabe que me refiero a Juan Castellano de Dios; que fue de los pocos, que cuando estaba en pleno vigor y madurez humana; “removió Roma con Santiago”, para que Jaén conservase sus mejores estampas de identidad propia de una ciudad... que por ejemplo, cuando ni Berlín existía y muchas de las grandes ciudades europeas de hoy, eran (si existían) “villorrios feudales”... Ésta ciudad ya era eso mismo (ciudad, muy noble, leal etc.) y de las más importantes no sólo de los “reinos” de España, por su población y dotación estratégica para las luchas de entonces... aquel entonces, ya marcaba 1600 años de historia, en lo que no me extiendo; no hay espacio.

            Pues bién, una de las obsesiones del amigo Juan, eran los naranjos y la flor de azahar y decía, que; ése era el árbol emblemático o más apropiado para las calles y plazas de Jaén. Para conseguir ello, habló cientos (miles) de veces, con alcaldes y concejales de “cualquier color” y de la nueva “era”; incluso los llevó y trajo, a lugares donde él había visto, algo que no estaba acorde con su forma de ver Jaén. El lo recorría a diario y solía hacerlo con un perro pastor, al que quería entrañablemente y al que paseaba en horas donde el silencio y la quietud no molestan a nadie.

            Sepa pues, el que no sepa, que los miles de naranjos que hay plantados en Jaén y que son abundantísimos, se deben en gran medida, a... “éste hombre de Jaén”; el que hoy prácticamente (me dicen) no sale de su domicilio por motivos justificados; pero es por ello, por todo ello, por lo que  le dedico este artículo, pues lo merece.

Jaén 6 de Abril de 2001

 

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