CAPÍTULO X

 

RELATO Nº 10               UN DÍA CUALQUIERA

 

            Mi mayor pesadilla siempre es la misma y en los últimos días, ésta se repite de manera que antes no era habitual. En ella, yo me veo de nuevo inmerso en el mundo de las drogas y no como si nunca lo hubiese dejado, sino por el contrario, me siento fracasado por haber caído de nuevo en el infierno de la drogadicción. Escenas entrelazadas surgen durante mi sueño, convirtiendo éste en pesadilla. Tan pronto tengo entre las manos jeringuillas, cómo me angustio buscando y no encontrando mi dosis. Lo más curioso es la desazón que siento cuando al fin, en mi sueño y ya conseguida la dosis de droga me dispongo a inyectármela; yo he observado que llegado a ese extremo, por lo general me despierto sobresaltado y angustiado.

            Estas pesadillas suelen durar unas cuatro horas. De estos desagradables ‘sueños’, lo único bueno que encuentro, es que cuando al fin logro despertarme, me encuentro agobiado y aunque me doy cuenta que sólo ha sido una pesadilla, pero mi ser sufre de una experiencia, dijéramos, especie de ‘resaca’ muy desagradable y que cuesta explicar.

            Estoy seguro que estos sueños son consecuencia, de la concentración a que he sometido mi mente, en éstos últimos meses recordando minuciosamente mi vida anterior para realizar estos relatos, lo que indudablemente me ha creado de nuevo aquellas vivencias que trato de olvidar; por ello y durante unos días he dejado el tema aparcado en un lado de mi vida cotidiana y efectivamente, hecho esto, esos sueños han desaparecido... intentaré de nuevo, volver a escribir, a fin de poder acabar el trabajo iniciado y el que trato por todos mis medios de ultimar... espero comprenda todo ello.

            Sigo, hoy pues, con la continuidad de los mismos:

            Los días para un adicto, se suceden con la misma monotonía; en principio se diría que todos parecen iguales. Entre nosotros, siempre se ha dicho que la heroína, era el mejor despertador que se pudiera tener y ello es así por la razón de que... nos suele echar temprano fuera de la cama; sabemos muy bien que antes del medio día, tenemos que ‘consumir nuestra dosis’, puesto que lo contrario implicaría ser presa del temido síndrome de abstinencia.

            Por tanto, salir a la calle en busca del dinero necesario para la dosis, es el primer pensamiento que se instala en nuestro cerebro, nada más despertar; y es muy posible que la anterior noche, te quedaras con el mismo pensamiento antes de coger el sueño. ¿Dónde encontraré mañana el dinero necesario? ¿Le pediré a ‘fulano’, o tal vez a ‘mengano’?... ‘hace días que no le pido a tal o a cual’. Son las temerosas deducciones, que angustiosamente te planteas y no puedes evadirte de ello, pues es tu único fin y tu única meta, todo lo demás no cuenta ya para ti.

            Una vez ya en pie, se imponen los movimientos lentos de tu organismo. Cuanto más tardes en ingerir algún líquido o alimento sólido, mejor; de esta manera no despertará completamente ‘tu organismo interno’. Y digo esto, por cuanto ocurre tras tomar algo, ya que de inmediato el vientre parece entrar en ‘erupción’, puesto que se presentan los ya comentados trastornos gástricos y de tanto en tanto, tienes ganas de arrojar por tu boca, aquello que en tu interior sientes que te sobra; ello será una circunstancia más o menos llevadera y la que desaparecerá cuando al fin te inyectes tu dosis, pero tienes que soportar todos esos ‘pesos’ que siempre llevas encima de ti.

            Por todo ello y generalmente sin haber podido ni desayunar, sales a buscar lo que necesitas y que queda dicho. En principio siempre lo intentas pidiendo, puesto que tu mismo te das cuenta de que no puedes salir a la calle con la premeditada idea, de ir a robar. Esa idea, es posible que surja a medida que el tiempo va pasando y que el síndrome empieza a acuciarte creciendo cada vez más. No negaré el que algunos adictos y en ocasiones concretas, no tengan ya premeditados los delitos a realizar, pero estoy seguro que no es la conducta habitual.

            En cuanto consigues por el medio que sea, el dinero para la dosis mínima que necesitas, sales corriendo en busca de esta; sabes que llevas poco dinero para una dosis ‘buena’ (suficiente) pero ello no importa; si que importa y mucho, el quitarte ‘el mono’, después de inyectada esa mínima dosis, ya tendrás fuerzas suficientes para buscar más.

            Circunstancias diversas, hacen que en ocasiones tardes más en encontrar a quien comprar, que en haber encontrado el dinero para la compra; entonces, esperas y esperas a tu proveedor. Llegas a ser un hombre ‘paciente’ y caminas de un lado para otro de la ciudad; en el camino te puedes encontrar a otro que está como tu y al que le requieres... ¿dónde hay material?... indicaciones de unos y de otros y cuando parece ser que ya vas a conseguir comprar, se presenta la policía y ello produce la clásica ‘desbandada’; se producen registros, identificaciones, carreras huyendo unos y otros. Pero las horas van pasando y el ‘mono’ creciendo y empieza la desesperación que te hace renegar de todo; ya incluso la violencia se va apoderando de ti. Así, surgen los conflictos que dan lugar a las ‘famosas puñaladas’, que luego en la prensa, son calificadas erróneamente de... ‘ajuste de cuentas’, lo que tristemente no ha sido otra cosa, que el choque violento entre dos adictos ya desesperados y que no encuentran la dosis que necesitan y que es vitalmente para ellos.

            Al final, a una u otra hora, en un lugar o en otro (abundan mucho) conseguirás al fin comprar ‘tu dosis’. Se nos presenta seguidamente, la segunda gran batalla que diariamente tiene que afrontar el adicto que se inyecta heroína; se trata de buscar y encontrar el más cercano lugar, que se encuentre fuera de la visión del transeúnte, buscar igualmente agua y limón para disolver la heroína y por supuesto tener o encontrar la necesaria jeringuilla, puesto que aunque estas cosas parezcan en principio sencillas, siempre se presentan problemas inesperados... que si no hay agua, que si no me dieron limón y al final puede que hasta que... se me olvidó la jeringuilla.

            Los lugares que se escogen, suelen ser casas cerradas ya por el peligro de derrumbe, bocas de metro ya en desuso, bajo cualquier puente. En realidad y en definitiva, todos los ‘picaderos’ son similares o iguales, allí se encuentran todo tipo de basuras, donde no faltan ni lo excrementos humanos; por doquier cientos de jeringuillas  y todo tipo de utensilios ya empleados por nosotros; siempre sueles encontrar allí a otros ya instalados, conocidos algunos, otros no; si ello es así hay que estar siempre alerta en prevención de cualquier tipo de contratiempo que puede surgir y que fácilmente puede ser deducido[1]. Normalmente cada cual atiende a lo suyo y es que con los años, el problema más grande del adicto, además de conseguir su dosis... es el poder encontrarse a si mismo, una vena donde poder pincharse con seguridad. Esto es así, por cuanto el continuado uso de la jeringuilla, además de producir infecciones, también produce ‘cayos’ en las venas, obligándote a pasar de una vena a otra... además, puedo asegurar, el que las mismas venas y como si quisieran protegerse de nuestra continua agresión, ‘se esconden’ de la aguja. En ocasiones y en las que ya estás en vena y comienzas a empujar para que la dosis entre en el riego sanguíneo; ésta se sale de la vena y el contenido es expulsado fuera de ella. Esto, además de resultar una pérdida para ti, dará lugar posiblemente a una infección, que al no ser tratada por nosotros con la diligencia que ello requiere, terminará siendo un horrible boquete en tu brazo o pierna, del que llegará a supurar gran cantidad de pus en putrefacción horrible. En lo que a mi se refiere y doy gracias a Dios, nunca  he tenido ninguno de estos ‘agujeros’; también decir que los he visto en muchísimos casos, en otros compañeros y tanto en brazos como en piernas, los que después de curados dejan grandes marcas en forma de cicatrices.

            Echar fuera de la vena tu dosis, es el más trágico hecho que nos pueda acontecer y no ya por las consecuencias de la posible infección ya descrita, si no por la angustia en que quedas, después de haber conseguido la dosis con tanta dificultad, perderla ante tus propios ojos. Hace muchos años, cuando la policía se personaba en uno de estos ‘picaderos’ y delante de ti mismo, te tiraban tu dosis al suelo, sentías el mismo desconsuelo e impotencia. En los últimos tiempos, la conciencia personal de la mayoría de los agentes, ha hecho el que cuando nos encontraban en la acción de inyectarnos, nos permitieran terminar la misma y después pasábamos a disposición de la policía.

            Lógicamente, en mayoría de veces te inyectabas sin más contratiempos, pero ello afecta a cada cual de diferente manera. Así los más novatos, ‘disfrutaban’ de cantidades que sólo a nosotros nos quitarían el ‘mono’, por ello cuando estos se pinchaban se ponían de un ‘coloque’, más bien insoportable para los veteranos; ello podría ser por pura envidia, pero lo que aquellos novatos no sabían ni intuían siquiera, es que a más años de consumo, más alta tendría que ser la dosis y si ellos ya empezaban con dosis ‘altas’, es de imaginar el futuro que les esperaba.

            En estos ‘picaderos’ sueles encontrarte con las mal llamadas sobre-dosis y digo mal llamadas, por la sencilla razón de que es muy difícil morir de una verdadera sobre-dosis de heroína y si esta se da en ocasiones, es por el error que se produce o puede cometer, al traer heroína de más calidad de la que el adicto está acostumbrado a ponerse y no cortarla (‘rebajarla’) hasta ponerla al nivel de concentración de la que fuera habitual en él. Así, sucedió hace más de una década y en Barcelona, donde el traficante recibió la heroína y el ‘corte[2]’ por separado, acompañado de las debidas instrucciones. Este traficante y por motivos que desconozco, no realiza la mezcla adecuada y lo lanza a la calle para su venta. En el primer día, murieron nueve personas y otras muchas más en los siguientes días; por suerte para otros muchos, ello fue detectado enseguida (la causa de dichas muertes) y aquella droga fue retirada de la venta a la mayor brevedad posible.

            Así es que cuando tomamos heroína con un porcentaje de pureza, superior al que ya estamos acostumbrados, si es cierto que pudiera llegar una sobre-dosis, pero ello no ocurre con mucha frecuencia, gracias a Dios.[3]

            Lo que si sucede con más frecuencia, es que el toxicómano antes de pincharse su dosis, haya tomado algunas pastillas o comprimidos, tipo ‘Roinold’, o las aún más trágicas, denominadas ‘Transsiliun’, puesto que a dicho fármacos hay gran afición. Sus efectos, unidos a los de la heroína, llega a producir el paro cardíaco y por tanto la consiguiente muerte si no se actúa con gran rapidez, puesto que si los profesionales de la medicina te atienden a tiempo, es seguro que te recuperan. Yo mismo he sufrido en tres ocasiones dichos paros, pero con la gran suerte de que fui ayudado a tiempo.

            Para ser sincero, tengo que decir el que la tónica en la actuación general de los toxicómanos, ante un caso de sobre-dosis que se les presenta ante sus ojos, es la de ‘pasar de ello’, o sea que se muestran con enorme y cobarde indiferencia ante quien no es otro que cómo el mismo, puede encontrarse en igual situación; huyen y abandonan al desgraciado semejante a ellos, cuando de ser atendido con premura y como ya he afirmado... muchas muertes, se hubieran podido evitar.[4]

            Por mi parte, debo decir y personalizo en mi por cuanto es verdad (entiendo que debe haber otros en mi mismo caso) que; me siento bastante orgulloso ó mejor dicho, satisfecho con mi propia conciencia, puesto que yo nunca abandoné a nadie en un caso así y ello me ha ocurrido en cuatro ocasiones; así y mientras el resto de espectadores echaron siempre a correr dejándome solo, con el afectado; mi reacción fue siempre la misma e instantánea. O sea que me esforcé con todos mis conocimientos, durante esos preciosos tres o cuatro minutos de crisis mortal y tuve la suerte que en todos los casos, pude rescatarlos de ese que iba a ser su... ‘último sueño’.

            Pero curiosamente y ocurre siempre. Cuando recobran el conocimiento, todos actúan de igual manera; se me quedaban mirando asombrados sin comprender que es lo que les estaba ocurriendo. En principio se sienten mojados por el agua que yo mismo les arrojaba sobre la cabeza y tan pronto recobran la suficiente conciencia de su vuelta a la vida, lo primero que hacen es mirar si tienen la cartera o monedero que portaban; ya que sin duda, mi presencia tan cercana a ellos, era debida a la intención de robarles. Explicarles y convencerles de que estuvieron a punto de no volver del ‘mas allá’, se hace en verdad, una difícil tarea.

            Debo matizar igualmente, que si bien he hablado en primera persona, significo que en soledad sólo atendí al primero de ellos y con cierta dificultad;  en los otros tres casos, tuve la ayuda de un joven a quien previamente había adiestrado, previniendo estas situaciones y no sólo para nosotros mismos. Por otra parte, no resulta difícil rescatarlos de ese principio de ‘sueño eterno’. Hay que incorporarlos de inmediato y tratar de ponerlos en continuo movimiento; echarles agua por la cabeza y con la suficiente abundancia para producir la reacción y de inmediato iniciar constantes masajes en el pecho pues el corazón se encuentra parado, por ello hay que tratar de que vuelva a ponerse en marcha de nuevo. Las famosas bofetadas para reanimar no sirven para nada; si acaso para que el sujeto sienta gran dolor cuando más tarde, recobre el conocimiento... es en el pecho donde se deben dirigir todos los esfuerzos, con éstos y la confianza absoluta de conseguirlo, el afectado acabará por volver a la vida en la casi totalidad de casos en que esos masajes se hagan bien. Si por el contrario, se pierde tan precioso tiempo, que reitero son escasos minutos... para ir a llamar a no se sabe quien, en esos momentos, o se duda; en verdad que el afectado muere sin remisión alguna.

            Vuelvo al eje del relato.

            En esos estados en que ya eres dependiente en grado máximo de una no pequeña dosis de droga, notas lo siguiente.

            Día a día, sientes que ese pozo se hace cada vez más grande y profundo; ya no eres capaz de distinguir el agujero por donde caíste inicialmente; llegas a pensar y creer, que en realidad, siempre has estado viviendo en la obscuridad de tal abismo en el que te encuentras. Pero... ¡Oh maravilla!... Llega el momento crucial y es de pronto; y desde luego, después de años y muchos avatares padecidos, definitivamente el adicto, ‘toca fondo’.

            Ha llegado al punto máximo o crucial, que o intenta emprender la última batalla en contra de las drogas, o en su defecto sucumbe para siempre.

            Yo estoy convencido de que muchos de nosotros hemos tenido que tocar ese fondo, para ya de una vez por todas, darnos cuenta de tan tremenda ruina... Desde ese fondo del que hablo, éste vuestro servidor, comenzó la ascensión poco a poco, lentamente, pero avanzando a una velocidad no prevista antes de ese crucial momento, puesto que y lo reconozco hoy... salir de ese inmenso agujero me ha costado mucho menos que caer en él.[5]

Para finalizar éste relato me gustaría dejar constancia de que si he logrado vencer en esta lucha, no ha sido sólo por mi fuerza de voluntad, también fue por la ayuda sanitaria que oportunamente se me ha prestado, puesto que he de reconocer que por mi sóla voluntad nunca lo hubiese conseguido. Estoy refiriéndome al tratamiento con Metadona, que el Ministerio de Sanidad, ha tenido a bien el proporcionarnos a los adictos a la heroína. Dicho tratamiento ha influido positivamente en una disminución de la delincuencia relacionada con los adictos; ha recuperado muchas vidas y para algunos de nosotros ha sido la salvación total.

 

(03- Mayo – 2001)

 

************

A MODO DE ACLARAR CONCEPTOS: Entre los meses de mayo, junio y julio de 2001; nos ocurren a ambos (relator y redactor) hechos que sin ser graves, si que enturbian nuestras capacidades y tenemos que posponer los trabajos, con la buena intención de que los mismos, no pierdan nada de su mayor y mejor contenido. Así las cosas; yo no puedo reanudar los trabajos hasta mediados de julio y lo hago con cierto esfuerzo pues no me encuentro en forma óptima. En ese espacio de tiempo me han llegado cuatro relatos, con los que nuestro relator finaliza su trabajo y yo espero que también... quizá  al final, le añada un epílogo, si es que ello lo considero necesario.

     Escribo cuanto antecede, para mayor comprensión del posible e ignorado lector de éstas sinceras confesiones y opiniones de dos simples seres humanos, que las ofrecen por cuanto puedan ayudar a otros en no caer en lo que aquí se relata.

A.G.F. (Jaén y julio de 2001)

 

&&&&&&&&&&&&

RELATO: 11 (Pasa al final de los relatos por causas que allí se explican).

 

RELATO: 12

¡Matar!... pecado mortal.

 

     Había ido postergando el presente relato durante estos meses y un poco más y se me olvida el mismo. Se trata de un episodio de mi propia vida y que es en si mismo triste y lamentable, puesto que sólo gracias a Dios; no acabó de forma trágica para mi mismo e igualmente, para un joven iniciado en el consumo de drogas  y el que no tuvo otra ocurrencia, que la de atracarme en compañía y ayudado por otro ‘socio’; ambos trataron de robarme el único dinero de que disponía y que me venía justo para mi dosis habitual de droga, lo que para mi representaría una tragedia.

     Ocurrió así: El día iba transcurriendo muy mal para mi, puesto que eran ya las tres de la tarde o más y aún no me había inyectado mi dosis; tenía como antes digo, el dinero justo para poder ‘escapar’ sólo veinticuatro horas más.

     Me había desplazado como de costumbre al centro de la ciudad y subiendo en uno de los autobuses del servicio urbano, marché a la zona más céntrica, lugar donde normalmente compraba mis ‘bolsitas’ de heroína; se trataba de un lugar que aunque céntrico era deprimente y obscuro (una obra de tres plantas, a medio construir y cuyos trabajos habían sido paralizados); en su interior se llegaban a reunir cientos de personas, entre traficantes de drogas, compradores de las mismas y otros negociantes ‘auxiliares’, puesto que aquello llegaba a convertirse en una especie de ‘gran supermercado’, donde podías comprar, pincharte, o fumar del tipo de droga que te apeteciese, puesto que allí...  vendían insulinas nuevas, agua, papel de aluminio para los fumadores y en fin,  era en si, un mercadillo de todos los útiles de consumo que pudiesen hacernos falta a cuantos desgraciados, allí acudíamos.

     Pero aquel día los traficantes habían desaparecido del lugar, puesto que en el mismo, se encontraban bastantes efectivos de la policía, los que sin parar de deambular trataban de controlarlo; ello y por otra parte, era lo habitual y cuando esto ocurría los vendedores se escabullían o escondían, haciéndolo siempre lo más cercano posible al lugar de ‘sus operaciones’. Pasado el momento de control o peligro, volvían a su lugar de venta y ello en una especie de ‘carrusel’ que podía repetirse varias veces al día y sin que pasase nada digno de mención; pareciera como si la policía obrase graciablemente o quizá por órdenes recibidas... haciendo ‘la vista gorda’, o mirando sin ver. ‘Quien sabía el por qué de ello’.

     El motivo que fuésemos allí, era sencillo para nosotros (no para el desconocedor del ambiente) puesto que en aquel lugar, podías comprar y ponerte la droga; así si al salir te detenía la policía y te registraba, nunca te podían coger con la bolsita de droga y por tanto no ser acusado de ello, lo que traía consecuencias no gratas y muchas veces detenciones y traslados a comisaría por ‘traficante’.

     El día había empezado mal y así continuaba para mi, puesto que ya sentía como en mi ser avanzaba el temido síndrome de abstinencia y con él, mi ansiedad y nerviosismo, lo que como conté en otro relato, llegan a ser incontrolables.

     En los lugares muy frecuentados y los que como aquel abundan en otras poblaciones o municipios, generalmente nos conocemos todos cuantos allí vamos y ello aunque sólo sea de vista, por la continuidad de los hechos; pero aquella tarde me fijé en las idas y venidas de dos personajes que nunca en mi vida había visto. En principio ni me preocupó quienes eran, pero mientras la espera se alargaba, me di cuenta de que aquellos dos ‘elementos’, estaban pendientes de mi, lo que no era normal en absoluto. Por desgracia (hoy pienso) siempre fui un hombre sin miedo a los otros hombres; siempre me sentí seguro de mi mismo y de mi fuerte carácter; además en mi bolsillo podía faltar de todo menos la inevitable navaja. He tenido cientos de ellas; me gustaban... las elegía por su belleza y las cuidaba cuanto podía; cierto es el que me duraban poco, puesto que la policía cuando te registra y encuentra armas (la navaja es así considerada) te las incautaba o simplemente se las quedaban y por ello las perdía con gran frecuencia. No obstante, con la misma rapidez yo las reponía y por ello era muy difícil que yo no portara una. Siempre me han dado seguridad las denominadas ‘armas blancas’; consideraba que portar un arma de fuego era muy arriesgado y además delictivamente muy peligroso; de la navaja no pensaba lo mismo.  En algunas ocasiones y gracias a ‘ella’ salí ileso de conflictos graves, puesto que tan sólo por esgrimirla a tiempo, me había sido suficiente para solucionar ‘el trance’... ahora estoy convencido que ello era así por cuanto, en mis ojos... se debía leer claramente que era un hombre decidido a usarla si ello me era de precisión; por ello quien tuve enfrente en esos cruciales momentos, nunca dio ‘el paso’. Afortunadamente con ello se evitaron cosas muy graves.

     Quienes me atracaron aquel día eran ‘forasteros’ y al apreciar en mi aquellas largas barbas que en aquella época portaba y oír mi acento de habla ‘musical’, se dieron cuenta, ó mejor dicho, creyeron el que yo no era de aquella tierra y equivocadamente (quizá) me confundieron  y pensaron era un marinero, de paso por aquel puerto y de los que tienen fama de llevar al desembarcar, abundante dinero en los bolsillos, para con él, buscar todo tipo de diversión y ese, yo creo que fue el móvil para ser elegido como víctima.

     Como ya indiqué, eran dos hombres; uno de mi edad (40); el otro más joven (20). El más viejo se vino hacia mi y hablándome con palabras amistosas empezó a decirme... que aquí había un deporte vernáculo que se denominaba ‘lucha’[6] y mientras ello hacía, me cogió por uno de los muslos, farfullando algo y que quería ser una explicación de aquel ‘juego’.

     De inmediato me di cuenta de lo que pretendía, mis reflejos me respondieron a la perfección en aquellos momentos, puesto que sus intenciones eran el que mi atención se centrara en el muslo y las presuntas explicaciones; y mientras él, y con la mano libre que le quedaba, poder sacarme la cartera que portaba en el bolsillo trasero del pantalón y así, ‘limpiamente’, robármela.

     Mi estupor ante una treta ya conocida y burda por demás, me paralizó por segundos... los suficientes para que ‘el amigo’ se hiciera con mi cartera... reaccioné de inmediato y me abalancé a el para quitársela y en ese momento... recibí un golpe del otro compinche; fue un golpe contundente dirigido a mi ojo izquierdo.

     De inmediato me quedé sólo con media visión; además padezco de miopía y aquel lugar estaba obscuro, por ello un par de golpes, más... me cayeron encima sin poder evitar ello. Nos encontrábamos en el lugar que ocuparían la escaleras del edificio y el hueco del ascensor y donde días atrás en otra pelea; uno de los contendientes cayó por dicho hueco rompiéndose en la caída un brazo y una pierna.

     Como pude me rehice sin quitarle de encima, la poca vista con que contaba, puesto que pensé que incluso podían empujarme para que yo igualmente fuese precipitado por dicho vano horizontal. Mi insistencia por recuperar mi cartera no cesó ni por un solo momento, pero ‘las cosas’ se fueron poniendo tan mal, que ya no dudé y opté por sacar la navaja; a la vista de ella la tensión se multiplicó y produjo el consiguiente parón en la refriega. Entonces y sin dudarlo, me dirigí al mayor de los citados y quien iniciara los hechos y le dije lo más escueto y sereno que pude: ‘o me devuelves la cartera o atente a lo que puedes recibir de puñaladas con esta navaja’.

     La experiencia que pudo recibir al enfrentarse con una víctima que no sólo no se rendía, sino que por el contrario una vez atacada era capaz de reponerse y tomar la iniciativa en un contraataque contundente... debió impactar en aquel desgraciado, el que quizá ya no dudó, puesto que intuyó de inmediato... el que incluso su propia vida corría peligro; quizá por ello y a la tercera vez que le reiteré mi amenaza, cogió mi cartera y me la tiró a los pies; pero cuando todo parecía haber llegado a tocar fin, la ignorancia del más joven, le impulsó a agacharse y coger la cartera antes de que yo lo hiciese.

     Fue terrible... aún hoy no llego a entenderlo, ni puedo saber el cómo ocurrió y de la forma tan rápida que pasó todo, puesto que y sin más aviso... ‘la cuchilla tomó vida propia y penetró en la carne de aquel joven con inusitada rapidez, fue como pinchar en una gran barra de mantequilla... y cuando la mano inició el retroceso... de la brecha dejada en las carnes de aquel otro desgraciado, brotó un enorme chorro de sangre’. Pero horriblemente, ya mi mano y de nuevo, intentó volver con ímpetu a herir de nuevo; afortunadamente y en ese instante, me di cuenta que si lo hacía podía matarlo... todo quedó en ese instante paralizado, mientras aquel joven mirándome a los ojos dijo simplemente... ¡Ay!. Mientras el herido, mantenía en una mano mi cartera y con la otra, trataba de taponarse aquel chorro de sangre que manaba de su cuerpo... y con la fuerza y vitalidad que da la juventud, huyó del lugar corriendo... unas calles más adelante se desplomó. El destino quiso que esto ocurriera en la misma entrada de un pequeño hospital o clínica, denominado ‘Del Niño’ y esto salvó su vida, puesto que aquella cuchillada, le había perforado el páncreas y por ello (se me dijo) había llegado a perder ‘un millón de unidades en sangre’. A pesar de aquella atención inmediata, estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante cuatro larguísimos días... que lo fueron tanto para él como para mí, puesto que para él era su vida y para mi la incertidumbre de que se salvara o no.              Pero volvamos un poco atrás en el relato.

     Mi primera intención, fue... salir tras del joven herido por mi, puesto que no había recuperado mi cartera a pesar de todo lo ocurrido, pero la acertada intervención de algunos de los presentes (testigos) y habituales conocidos, consiguieron frenar este mi primer impulso; pero (hay que decirlo) en aquellos momentos yo ya no pensaba en lo sucedido, mi única obsesión era el que me había quedado sin dinero par mi necesaria dosis de heroína, puesto que ya y claramente, estaba con ‘el mono’ o síndrome de abstinencia y el que se adueñaba de mi.[7]

     Los traficantes allí instalados, conocedores de los hechos relatados, eran conscientes y lo sabían, de que la policía acudiría de inmediato al lugar de los hechos y por ello optaron ‘colegiadamente’ por lo siguiente; darme dinero para un taxi y varias dosis de heroína, con la exclusiva condición de que me fuera de inmediato del lugar, puesto que egoístamente (en el mundo de la droga no se da nunca ‘nada por nada’) temían el que me pudieran encontrar y coger la policía y ello les complicaría aún más la venta diaria de droga, lo que representaba millones de pesetas en una sóla jornada... ‘terrible pero cierto’.

     Más tranquilo, el ya tener en mi mano heroína para dos días, subí a un taxi y me dirigí de inmediato a ‘mi choza’. La mañana siguiente, grandes titulares daban cuenta del consabido (ya lo relaté con todo tipo de detalles) y supuesto ‘ajuste de cuentas entre delincuentes-drogadictos-traficantes’... uno, herido de gravedad, mientras se buscaba por toda la ciudad al causante del hecho, que era desconocido.

     Ese día siguiente, que fue viernes y aunque el tema de la dosis diaria estaba resuelto, fue un día de gran preocupación para mi, puesto que me estaba dando cuenta de la realidad de los hechos acaecidos y de la gravedad de los mismos.     Empecé a pensar en el joven... ¡Dios! Y... si se muere, seré... un asesino. ¡Dios... que no se muera!. No pensaba para nada en las consecuencias que ello podría acarrearme... afirmo que en aquellos momentos, yo pensaba mucho más en la vida de aquel otro desgraciado, de aquel individuo que aún era joven y ‘empezaba a vivir’ y por todo ello mi angustia era difícil de narrar aún hoy.

     Al siguiente día (era sábado) de nuevo más titulares en la prensa; el estado del herido continuaba siendo grave. Pasé toda aquella mañana muy inquieto, nervioso y con remordimientos manifiestos por lo ocurrido a aquel chico por mi intervención violenta e irreflexiva. Mi ojo herido había sido curado y aunque me dolía y molestaba, pero mis otros padecimientos eran mucho peores... como anécdota diré que nunca supe con que fui golpeado, deduzco que con un objeto contundente utilizado por el herido, pero no supe de que se trataba.

     Al medio día de aquel trágico sábado, ya no pude aguantar más y ‘algo’ me impulsó a llamar por teléfono... lo hice desde una cabina y mi llamada fue a la comisaría de policía, donde me identifiqué como el autor de aquella puñalada.

     Con tranquilidad el agente que me atendió, me pidió la dirección del lugar donde me encontraba y seguidamente me dijo que,  enviaría un coche para recogerme, insistiendo en que no me preocupara, puesto que según el, se trataría sólo de recogerme las oportunas declaraciones y nada más.

     Cuando llegó aquel coche patrulla, me encontró preparado con una pequeña bolsa donde portaba unos bocadillos y algunas cajetillas de cigarrillos (tabaco); puesto que tenía la seguridad de que sería presentado ante un juez y esto sería el lunes (recuerdo que el hecho ocurre en sábado) por tanto consideré que me esperaban dos o tres días completos, en los calabozos de la comisaría. No me quedó más remedio que afrontar lo que se me viniera encima; puesto que a las 24 horas ya me encontraría de nuevo ‘con el mono’ (síndrome de abstinencia) y el mismo iría creciendo, por lo que el lunes cuando compareciera ante el juez, estaría muchísimo peor y ello lo sabía por tristes y desagradables experiencias, ya relatadas.

     Desde el primer instante en que pisé aquella comisaría y en aquella ocasión... fui anormalmente bien tratado, apercibía la sensación de que a nadie de los allí presentes, les parecía mal la puñalada que di al joven “Carly” (allí descubrí dicho calificativo)... incluso a alguno de los agentes se le escapó la siguiente frase: ‘Mejor haber matado a ese cabrón”.

     Más tarde me pude enterar (por cuanto comentaban) el que los dos ‘elementos’ que me atacaron, eran habituales atracadores conocidos por la comisaría ‘en pleno’. En su contra y como agravantes, tenían sobre si, el que generalmente, siempre atracaban a disminuidos, ancianos y en fin, a los más débiles: Sin proponérmelo, deduje que aquel historial beneficiaría mis propias declaraciones; las investigaciones realizadas in situ por los inspectores que fueron a realizar dicho trabajo, apoyaron cuanto yo declaré en aquellos momentos. Todo ello (y afortunadamente para mi) unido al lamentable aspecto de mi ojo herido, dio como resultado el que su Señoría (tratamiento que en este caso cuadraba con la persona, pues era una ‘Jueza’) optara por mi puesta en libertad, con la consabida obligación de tener que ir (si no era antes requerido) cada mes, a firmar compareciendo en comisaría y hasta que fuese fijado y celebrado el juicio oportuno. La Juez, entendió que yo había obrado en defensa propia.

     Pasó el tiempo (todos sabemos que la justicia en muy lenta en España) y al cabo de tres años, se me cita a juicio y en el que la fiscalía pedía para mi, nada menos que nueve años de prisión, por lo que entendía el fiscal, era un homicidio frustrado.

     Imagínese usted Don Antonio[8]... hacía ya ocho preciosos meses (‘ocho muy largos meses’) que había dejado la heroína y me encontraba en pleno tratamiento de desintoxicación  y de repente, me viene este asunto, el que no por esperado dejó de hacer su efecto demoledor sobre mi ser, pues aquello podría truncar mis esperanzas.

     Como pude, conseguí localizar a mi abogado defensor (que era de oficio) y conjuntamente preparamos ‘la vista’. El día en que llegó la misma y mientras esperaba sentado en los pasillos del juzgado para ser llamado a juicio, un joven se dirigió a mi para pedirme fuego, sentándose a mi lado. Yo no conocía a aquel ni el tampoco a mi, más tarde y ya en la sala, ante el juez... nos dimos cuenta que éramos víctima y acusado. El juicio se desarrolló y cuento lo que ocurrió en él.

     Mi declaración oficial, no difiere en nada de la crónica que le he hecho a usted, de los acontecimientos. La declaración de la víctima de la puñalada fue escueta y simple (seguro que aleccionado por su abogado) pues afirmó, mintiendo: ‘que él estaba en la obra, sentado en un rincón, cuando a sus pies cayó una cartera que yo estaba disputándome con otra persona; que ambos éramos desconocidos por él; que cuando recogía la cartera del suelo fue apuñalado por mi”.[9] Básicamente, esa fue su declaración. El compañero de la víctima (recordemos fue el que me robó la cartera) no se presentó a juicio y según se dijo en la sala, ‘por estar desaparecido’. Cada uno de nosotros se afirmó en su respectiva declaración y contestamos a las preguntas que se nos hicieron en tal sentido y finalmente; el fiscal, en su alegación última, hizo hincapié y dijo textualmente: ‘Ningún ciudadano tiene derecho a derramar ni tan siquiera una gota de sangre por defender su patrimonio e incluso su persona’.

     En su día, aquella declaración no me gustó, ni tampoco el énfasis o ímpetu que puso al realizarla; sentí cómo aquel fiscal quería fuese condenado a cuanto pedía para mi.

     Hoy quiero dejar constancia de que este fiscal a mi entender, tiene razón; y me quiso convencer de que es preferible morir a matar. Ojalá que Dios no me ponga en similar circunstancia. De todas maneras, antes no tenía miedo a nada ni a nadie (ya lo he dicho y queda en más de una parte del texto general)... hoy si, pues creo que todo el mal que hiciera, de la índole que fuere, se transformará en “montaña obstáculo”, en mi camino hacia delante.[10]

     El final de esta pesadilla, llega veinte días después de la vista; el tribunal, compuesto por tres magistrados, dada la pena que se me juzga... tuvo a bien admitir la defensa propia (incompleta) para mi caso y no coincidiendo (textual) con los hechos presentados por la fiscalía, me condenan a la pena de un año y cuatro meses de prisión.

     Esto fue considerado como un triunfo para mi, puesto que yo ya contaba como mínimo, con una pena de dos a tres años de prisión, ya que no hay que olvidar el que en defensa propia o no, yo herí de gravedad a aquel individuo y ello la ley, ni puede ni debe permitirlo nunca. Y reitero lo de ‘triunfo’, puesto que de los nueve años pedidos, a la pena impuesta, finalmente existe una muy notable diferencia; ello fue corroborado por mi abogado, al que por cierto, he de reconocerle un destacado esfuerzo en llevar mi caso y dentro de lo que es y representa, la abogacía de oficio.

     Se me declaró indigente, por lo que no tuve que hacer frente a pago alguno por indemnización. Afortunadamente, la víctima se había recuperado físicamente y supongo que lo que pretendía, era algún tipo de compensación en dinero efectivo.

     Ya más tranquilo, tan solo me restaba... ‘el pagar aquellos dieciséis meses de prisión”; pero transcurridos algo menos de cincuenta días, de nuevo soy llamado al juzgado; en él, se me comunica en principio mi ingreso en prisión. Prácticamente mis asuntos estaban resueltos y me encontraba ya debidamente preparado para ingresar en la cárcel, lo que incluso aceptaba ya con toda resignación.

     ¡Pero oh sorpresa!.

     En el juzgado, la secretaria del presidente del tribunal, presentó ante mi una orden para firmar; en la misma y en vez de el ingreso en prisión; se me otorgaba la libertad condicional por cuatro años, durante los cuales, si cometía delito, debería de inmediato entrar en prisión y cumplir los dieciséis meses de la condena inicial.

     Las consideraciones de aquel tribunal, fueron sobre las bases de las circunstancias de mi persona en la actualidad, puesto que me encontraba en plena rehabilitación como drogadicto y careciendo de condenas anteriores, todo ello propiciaba la decisión favorable de aquellos buenos jueces, los que generalmente, criticados en la actualidad y de forma global, no debemos olvidar que son muchos y que los hay muy humanos; como lo demuestra este, mi caso, el que por lógica no será único. Resalto todo ello por cuanto lo considero muy necesario. Necesitamos creer y confiar en la Justicia (con mayúscula) y que... ‘ésta se gane plenamente esa credibilidad y confianza, la que por otra parte es vital para una sociedad civilizada’.

     Hoy... creo que faltan unos pocos meses para que ‘esa condicional’ de cuatro años termine, por tanto todo ha quedado (o va a quedar) en el pasado, puesto que ‘cuando le debes a la justicia no estás tranquilo’; duermes mal, por lo menos ese es mi caso; ahora (sin embargo) es diferente y duermo como un bebé, pues estás tranquilo al saber que no tienes nada pendiente con la ley.

     Pese a todo, reitero... el que me queda en mi conciencia, el remordimiento por aquella fatal herida causada a otro ser humano. ¡Qué triste sería cargar con una muerte y llevarla siempre a las espaldas... y qué gran pecado contra Dios!.

Martes 22 de mayo de 2001

 



[1] Entendamos que puede surgir incluso el desesperado que está apostado, para robar de la forma que sea, la dosis que necesita y que no ha podido conseguir, deduzcamos igualmente lo que puede ocurrir en esos casos, puesto que a mi no me extrañaría en absoluto que en ocasiones, la muerte puede ‘cernerse’ en tal lugar, así como todo tipo de violencia que produce la desesperación.

[2]  La palabra corte, no se entiende bien, entendamos que corresponde a un tipo de mezcla o adición de producto a la heroína de gran pureza, la que así era rebajada a ‘grados’ inferiores , que es lo  que generalmente tomarían los drogadictos a que se refiere el relato, así al menos, lo entiendo yo.

[3] Se ha publicado en prensa, el que igualmente algunos traficantes o más bien revendedores de la droga, suelen mezclarla con diferentes productos, que por el color no son detectados (se habla de incluso con talco) y esas mezclas, igualmente pueden producir daños irreparables o incluso la muerte... en fin, barbaridades en una continuidad que asusta y todo ello, es incomprensible para quienes no entendemos, el cómo y el por qué, se empiezan a drogar con productos tan peligrosos y cuyas consecuencias, ya están a la orden del día y las sabe ‘el más tonto’. Yo recuerdo, haber leído aquellas ‘famosas’ novelas del FBI y donde se relataban, aquellas aventuras siempre violentas y donde la policía, el hampa y la droga, eran tres elementos imprescindibles en el desarrollo de aquellas ‘novelas baratas’ de hace ya cincuenta o más años; pues bien, en aquellas novelas, ya se explicaba mucho de lo que luego décadas después llegó a España y es claro que al menos, los que leíamos aquellas, aprendimos algo sobre las drogas... ¿Qué verdad es esa que afirma el que no hay libro malo que tres páginas tenga, que en alguna de ellas no aprendas algo bueno o de utilidad para ti?.

[4]  Otro terrible hecho multirrepetido y en el que debemos meditar, pues él nos dice bien a las claras, el tipo de insensibilidad a que llega el toxicómano en general, el que como piltrafa o pelele ya deshumanizado, o insensibilizado al grado máximo, sólo piensa en un solo fin... su droga cotidiana.

[5]  Confirma lo ya sabido por mi en mis consultas a organizaciones o asociaciones de drogadictos, o sea que para salir de las drogas, lo primero que se necesita es la voluntad del drogadicto, puesto que si este no quiere, pese a la ayuda que se le preste, nunca saldrá de su adicción.

[6]  Entendamos que se refiere a la denominada ‘Lucha Canaria’.

[7]  Reflexionemos en todos estos hechos y las consecuencias de los mismos; cómo se desarrollan en una infernal cadena, cuyos ‘engranajes’ mueven fuerzas extrañas y desconocidas, pero estemos seguros que en situaciones normales y donde la droga no interviniese, seguro que no se hubiesen presentado y caso de presentarse algo similar o parecido, la violencia que ha sido descrita y todas sus consecuencias, estemos seguros que no hubiesen existido. Al menos así lo creo.

[8]  Reitero, el que dejo los relatos respetando en todo lo posible, la integridad de los mismos, por ello dejo tal cual, esas frases en las que el relator ‘me habla’: A.G.F..

[9] Tristemente sonrío mientras escribo este párrafo y por cuanto en las enseñanzas de Pitágoras, había una recomendación para sus discípulos (los pitagóricos) y que aseveraba: ‘Cuando andéis por el mundo, si llegáis a una república, donde son muy abundantes los médicos y abogados; no entrad en ella y pasad de largo, pues en aquella república, van muy mal, las cosas  del cuerpo y las del alma’. Es de bastante antiguo, pues, el reconocimiento de los pleitos entre hombres, donde la verdad es aplastada por la mentira y sólo se busca (si no el hundir al oponente) sacar la máxima ‘tajada’ y ‘caiga quien caiga’.

[10] En el original éste párrafo, el autor lo destaca en ‘negrita’ y me limito a respetar su deseo.

ATRAS / PAGINA PRINCIPAL